domingo, 13 de noviembre de 2011

El poder y su beneficio

Silvio Berlusconi no se ocupó de arreglar Italia, pero sí sus televisiones El Congreso italiano allana el camino a la salida de Berlusconi La era Berlusconi en imágenes VÍDEO: Berlusconi en estado puro Pablo Ordaz Roma 12 NOV 2011 - 18:27 CET14 Archivado en:Silvio BerlusconiItaliaUnión EuropeaEuroMonedaEuropa occidentalEuropaFinanzasEconomía Berlusconi / OLIVIER HOSLET (EFE)
Un día de abril de 2006, Silvio Berlusconi convocó a la prensa a la sede del Gobierno para lanzar una diatriba terrible contra los jueces, la banca, la prensa y las grandes empresas. Llegó a pedir, con el rostro inyectado en sangre, que la ONU enviara observadores internacionales a Italia para evitar que los comunistas robaran las elecciones. Unos minutos después, cuando se apagaron los focos y las imágenes de su enfado viajaban ya hacia los telediarios de todo el mundo, Il Cavaliere -enganchado al aplauso como a una droga- desveló divertido a los periodistas presentes que todo había sido una representación. Las imágenes que ahora, en el ocaso de su reinado, los medios ofrecen como resumen de su trayectoria al frente del Gobierno de Italia se parecen más a las de un actor secundario que a las de un mandatario de primer nivel. Ninguna descubre su verdadero rostro. El de un empresario voraz que utilizó hábilmente el teatro y la política para consolidar su fortuna y, sobre todo, evitar la cárcel. De cantante en cruceros a primer ministro Nacido en Milán el 29 de septiembre de 1936, hijo de empleado bancario y ama de casa, estudiante en los Salesianos, licenciado en Derecho, cantante de cruceros, fotógrafo ocasional en bodas, bautizos y funerales, millonario desde los 30 años gracias al negocio inmobiliario, a la televisión y al intercambio de favores con el poder -no importaba que este fuera socialista o democristiano--, Silvio Berlusconi no tenía necesidad, a sus cincuenta y muchos años, de complicarse la vida por Italia. Salvo que esa complicación fuese, en realidad, la cuadratura del círculo. La manera de blindar a sus empresas, ahorrarse cientos de millones en multas y, gracias a las ventajas del cargo y a un sinfín de leyes confeccionadas a la carta, evitar la cárcel. No se puede descartar tampoco que su entrada en política estuviera -tal como declaró- inspirada además por un deseo sincero de evitar que la marea roja llegase al poder, pero de esto último no hay pruebas, y de lo otro, muchas. "Mi hija pequeña", declaró Berlusconi en 1993 apuntando ya maneras del gran populista en que estaba a punto de convertirse, "dice que su papá arregla televisiones. Ahora le diré que no tendré tiempo de seguir arreglando televisiones porque tendré que arreglar Italia".
Las imágenes que ahora, en el ocaso de su reinado, los medios ofrecen como resumen de su trayectoria al frente del Gobierno de Italia se parecen más a las de un actor secundario que a las de un mandatario de primer nivel El chascarrillo resultó ser falso. Berlusconi, a la vista está, no se ocupó en absoluto de arreglar Italia -los datos, no solo económicos, son espantosos--, pero sí siguió arreglando sus televisiones. De hecho, sus ansias de poder político se despertaron ante la decadencia de su gran padrino, el socialista Bettino Craxi, poderoso presidente del Gobierno entre 1983 y 1987. La amistad, llamémosle así, que logró forjar con Craxi define muy bien el carácter y la trayectoria del presidente que ahora se va. Gran olfato para los negocios y mejor para los amigos. En primer lugar, Silvio Berlusconi empezó a convertirse en un magnate, y no en un simple promotor inmobiliario, con la construcción de la urbanización Milano 2. Aunque al principio le resultó difícil encontrar compradores para los 4.000 pisos construidos de una tacada, en cuanto lo consiguió multiplicó el negocio creando un canal de televisión privado para los residentes en la urbanización. La proverbial ayuda del todopoderoso presidente Craxi hizo el resto. Le otorgó licencia para convertir aquella especie de vídeo comunitario en Canale 5, la principal emisora de televisión italiana. El trato no pudo ser mejor. Craxi convertía en supermillonario a Berlusconi y éste se convertía a su vez en el principal financiador del Partido Socialista. La colaboración mutua, esa amistad sincera, superaba el descaro. Valga un ejemplo. Entre 1983 y 1984, Berlusconi amplió su poder televisivo comprando nuevos canales -Italia 1, Rete 4-y poniéndolos en conexión con una gran red de televisiones locales bajo el dominio de la sociedad Mediaset, frente a la cual situó a su gran amigo Fedele Confalioneri, el mismo que le acompaña al piano cuando el joven Silvio cantaba en los cruceros por el Adriático. La RAI -la televisión estatal-demandó a Mediaset porque sus tres canales se dedicaban a emitir en interconexión en todo el territorio nacional, lo que contravenía la legislación vigente. Tres jueces a la vez -de Roma, Pescara y Turín- condenaron a Meidaset a cerrar sus instalaciones, pero inmediatamente Bettino Craxi acudió en socorro de su amigo y derogó, por decreto, las leyes que fastidiaban a Berlusconi. El escándalo fue sonado. La primera piedra sobre la que se edificó una catedral de descaro y sinvergonzonería. Cuando, a principios de los noventa, la Operación Manos Limpias empezó a descubrir la podredumbre sobre la que estaba sostenida la Primera República, Bettino Craxi tuvo que huir a Túnez -donde murió el año 2000- con su reconocida culpabilidad a cuestas. Berlusconi, el gran superviviente, no solo se salvó de la redada, sino que comprendió rápidamente un detalle que marcaría hasta nuestros días la política italiana: ¿qué necesidad hay de pagar a los políticos para qué hagan las leyes que necesito si las puedo hacer yo mismo desde el poder? Hasta ese momento, la desfachatez consistía en que todo el mundo sabía en Italia de la existencia de "un partido de Berlusconi", esto es, un grupo de parlamentarios que, con independencia de su adscripción política, cuidadaban los asuntos del empresario en el Congreso y el Senado. Nada comparado con lo que estaba por venir. La llegada de Berlusconi a la política se produjo con un discurso del que se recuerda sobre todo una frase: "Italia es un país que amo". Hablaba de su padre, del hombre hecho a sí mismo, del esfuerzo de los emprendedores, del éxito que había logrado con sus empresas y que estaba dispuesto a trasladar al resto al resto del bello país. Vende ilusiones y una buena parte del electorado, cansada del ambiente viciado de la política tradicional -tan viciado que ni se da cuenta del peligro que se les venía encima-termina por comprar la mercancía. El gran populista que llevaba dentro había terminado por fin de romper el cascarón. De hecho, no mucho antes, cuando el cierre judicial de Canale 5, una multitud de consumidores de telebasura -también ese mérito hay que colocar en el casillero del gran estadista-salió a la calle su dosis diaria de droga. Ahí tenía dispuesta a su infantería para llevarlo al poder, incluso para sostenerlo una vez demostrado que, ya en Palacio Chigi, se olvidaba de sus promesas insignias -bajar los impuestos, favorecer a los pequeños empresarios, subir las pensiones mínimas- y en cambio sacaba a relucir sus verdaderas preocupaciones. Valga otro ejemplo. Para las elecciones de 2001, los carteles de la campaña de Berlusconi lo retraban con un casco de albañil y una lema: "Un presidente obrero". Pero la primera medida fue eliminar un delito, el de presupuesto falso, por el que habían sido condenadas algunas de sus empresas. Lo que viene a continuación ya es más conocido. Y aún más triste. Antes de destaparse como un viejo verde capaz de utilizar su inmensa fortuna y la maquinaria del Estado para celebrar orgías, Berlusconi era el gracioso oficial que, durante las cumbres internacionales, se dedicaba a poner los cuernos al ministro español Josep Piqué, a hacer rabiar a Angela Merkel o a definir a Barack Obama como "joven y bronceado". Si algún día la tuvo, todo eso dejó de tener gracia cuando todos los diarios del mundo dan cuenta de que, en las bacanales del presidente de Italia, hay implicadas menores de edad y un harén de jovencísimas prostitutas. Ya Berlusconi no solo tiene que responder ante la justicia por el abuso de poder relativo a sus empresas sino también por otro tipo de abuso más ruín, más rastrero. Los sectores que siempre le habían apoyado -los empresarios, la Iglesia, ciertos intelectuales orgánicos-empiezan a huir de él como de la peste. Es ya, oficialmente, una vergüenza para Italia. El viejo caimán -como lo bautizó para siempre Nanni Moretti-se defiende atacando. Es cosa de la prensa. De los jueces. De los comunistas. En su etapa final ya no lo cree nadie, pero aún dispone de un cajón lleno de secretos y de una fortuna de alrededor de 9.000 millones de euros para seguir comprando voluntades. Su caída es dramática, pero lenta. Tan lenta que, si no llega a ser porque Italia bordea el precipicio de la bancarrota, es muy posible que Il Cavaliere aún siguiera un tiempo más escondiéndose de los jueces tras las cortinas del Palacio Chigi. De convicciones religiosas, un día proclamó que estaba "ungido por Dios". Como el mismo diablo.

EL FIN DE UNA ERA EN ITALIA : La crisis barre a Berlusconi del poder

El primer ministro presenta su dimisión al presidente Giorgio Napolitano, tras la aprobación en el Congreso del proyecto de Ley de Presupuestos para 2012, que incluye algunas de las medidas de ajuste exigidas por la UE El Parlamento acelera el adiós a Silvio Berlusconi Berlusconi en estado puro La era Berlusconi, en imágenes La UE destaca que Italia "necesita reformas, no elecciones" Monti, el ‘gentleman’ tecnócrata PABLO ORDAZ | ROMA 12 NOV 2011 - 17:51 CET229 Archivado en:Silvio BerlusconiMario MontiItaliaCrisis financieraGiorgio NapolitanoRecortes presupuestariosDimisiones políticasPDLPD ItaliaEuropa occidentalEuropaConflictos políticosPartidos políticosFinanzasPolítica Silvio Berlusconi saluda a la salida de su residencia en Roma para dirigirse a presentar su dimisión al presidente Napolitano / FILIPPO MONTEFORTE (AFP)
Los italianos nunca olvidarán el sábado 12 de noviembre de 2011. Minutos antes de las diez de la noche de un día interminable, y después de agarrarse desesperadamente a un poder que no supo ostentar con dignidad, el magnate de la comunicación Silvio Berlusconi, de 75 años, dimitió finalmente como primer ministro del Gobierno de Italia. No lo hizo por haber perdido la mayoría parlamentaria ni por estar inmerso en cinco procesos judiciales por inducción a la prostitución de menores y fraude fiscal. Solo aceptó marcharse después de que la Unión Europea (UE) y los mercados pidieran su cabeza al presidente de la República, Giorgio Napolitano, a cambio de tender la mano a una Italia en quiebra. Solo cuando ya parecía irreversible la dimisión de Silvio Berlusconi, los italianos han salido a la calle a celebrarlo. Antes, no se atrevieron. Diecisiete años de contacto casi continuo con su forma tramposa de hacer política hacían temer cualquier maniobra de última hora. De hecho, tras anunciar el pasado martes que dimitiría después de aprobar los presupuestos de 2012 con los ajustes exigidos por Bruselas, todavía hizo un amago de quedarse en el poder hasta la celebración de elecciones anticipadas. Solo la acción contundente del presidente Napolitano logró inmovilizarlo en su decisión y acelerar su salida del poder. Pero Berlusconi, genio y figura, mantuvo la tensión hasta el final. Después de que el Congreso aprobara de forma definida los presupuestos de 2012 con las enmiendas de Bruselas, él siguió protagonizando en su palacio particular y en la sede del Ejecutivo una interminable sucesión de misteriosas reuniones con el objetivo, se supone, de dejar a algunos de sus hombres guardándole las espaldas en el nuevo gobierno técnico. Un nuevo Gobierno que el presidente de la República, urgido por la desastrosa situación económica del país, pretende que sea de consenso, si bien esta es una palabra que lleva décadas arrumbada en la política italiana. Las últimas horas fueron prueba de ello. Aunque Giorgio Napolitano nombró el miércoles senador vitalicio al prestigioso economista Mario Monti, de 68 años, en un gesto inequívoco para impulsar su candidatura a presidir el gobierno de emergencia, varios partidos políticos —entre ellos el Pueblo de la Libertad (PDL) de Berlusconi— intentaron torpedearla. No se sabe aún si para eliminar a Monti, un nombre que despierta un respeto casi unánime, o para intentar captar cuotas de poder en su gabinete. Otros partidos como la Liga Norte de Umberto Bossi, pareja de hecho de Berlusconi en sus sucesivos gobiernos, se mostraron radicalmente opuestos a la opción de un gobierno técnico y pidieron la convocatoria de elecciones anticipadas. Las opciones de centro y de izquierdas, en cambio, trasladaron desde el primer momento a Napolitano su decisión de facilitar con su voto la salida a la crisis política, si bien, al percatarse del gallinero que se montó en las últimas horas, Pierluigi Bersani, líder del Partido Democrático, advirtió: “Un gobierno de consenso no puede ser un Vietnam”. Un Vietnam sí parece el PDL. La pérdida de poder, aun antes de producirse oficialmente, desunió de un tajo una armonía ficticia, solo unida alrededor del jefe gracias al dinero y los favores. Su delfín, Angelino Alfano, secretario general del partido, se le rebeló sin disimulo. Dos ministros, el de Defensa y el de Exterior, se agarraron a descalificaciones, y la base del partido, desorientada, utilizó la página web para dirimir sus diferencias. Berlusconi, por una vez en su ya dilatada carrera política, callaba. En un silencio que, viniendo de Il Cavaliere, daba mala espina. Tanta que hasta última hora de esta tarde los italianos no salieron a la calle para celebrar su renuncia. El político amenaza con desenfuchar el respirador del nuevo Ejecutivo Pero, ay, cuando salieron... Miles de personas se distribuyeron entre los vértices de una tarde histórica: Palacio de Montecitorio, sede del Parlamento, Palacio Chigi, sede del Gobierno, Palacio Grazioli, la casa de Berlusconi en Roma, también famosa por sus fiestas nocturnas, y finalmente el Palacio del Quirinal, sede la presidencia de la República y residencia, por tanto, de un viejo comunista de 86 años que en la última semana ha demostrado que los italianos tenían razón cuando veían en él un punto de referencia, un político de altura en medio de la mediocridad reinante. Al tiempo que en el Quirinal los ciudadanos cantaban el Aleluya, en la puerta del Palacio Chigi un grupo de personas abucheó con fuerza a Berlusconi. Il Cavaliere comentó, siempre teatral: “Siento una amargura profunda”. Una amargura de cocodrilo por cuanto unos minutos después, durante la reunión con la cúpula de su partido para cerrar filas ante el posible apoyo a Monti, volvió a salir el fullero que lleva dentro: “No os preocupéis, que a este Gobierno le podemos desenchufar el respirador en cuanto queramos”. La amenaza latente que sobre la política italiana seguirá pendiendo mientras Berlusconi, ahora bloqueado por la coyuntura, se considere todavía una opción política. Tal vez por eso, sabedores del peligro que encierra Berlusconi y de los procesos que enfrenta, la asociación Justicia y Libertad —integrada por los intelectuales italianos de más prestigio— pidió hoy que en las ventanas de las casas flamee a partir de ahora una bandera italiana que recuerde que Berlusconi se ha ido con una deuda pendiente. Una deuda pendiente con Italia, a la que no supo representar con dignidad. Una deuda pendiente con los italianos, que sentían vergüenza de viajar al extranjero y soportar sonrisas a lo Merkel y Sarkozy. Una deuda pendiente con las mujeres italianas, por haberlas tratado como objetos. Una deuda con la mejor juventud, que tiene que elegir entre el paro o la emigración porque el mérito perdió su batalla frente al enchufe. Y una deuda muy importante con la justicia, a la que ninguneó, torpedeó y burló desde el poder. Al, desde esta noche, ciudadano Berlusconi le perseguirán todas sus deudas.