GEOPOLÍTICA DE LA GLOBALIZACIÓN: EL FIN DEL PARADIGMA ILUSTRADO Y EL
HORIZONTE MULTIPOLAR (I)
31.10.2016
Parte
I. El colapso del paradigma geopolítico de la modernidad.
A grandes rasgos, tras la Segunda Guerra
Mundial (1939-1945), surgió un orden mundial marcadamente bipolar en el que el
poder de las antiguas potencias coloniales quedó repartido entre el bloque
soviético, constituido por el Pacto de Varsovia y capitaneado por la Unión
Soviética, y el bloque atlantista capitaneado por los EEUU y edificado
alrededor del Tratado del Atlántico Norte, pero cuyas alianzas en la práctica
superaban este marco ampliamente. El equilibrio entre ambas potencias herederas
del colonialismo occidental puede describirse como la edad de oro del paradigma
de la modernidad –basado en los ideales de progreso y desarrollo y en el mito
de la excepcionalidad y la inevitabilidad del dominio occidental- que imponía
su hegemonía sobre todo el orbe.
Tras
la caída del Muro de Berlín en 1989, todo parecía indicar que este dominio del
hemisferio occidental sobre el mundo se consolidaría, imponiéndose los
designios occidentales como el único camino posible, y cortando de raíz
cualquier intento de independencia o disidencia. El horizonte que aparecía era
el de un mundo unipolar comandado por los EEUU y su modelo de civilización que
se impondría pacíficamente o por la fuerza al resto (Fukuyama 1992, Benoist
2015, Huntington 1997, Dugin 2013). Es en este contexto de optimismo ante una
victoria que parecía tan inminente como definitiva en el que Fukuyama
pronosticó su particular Fin de la Historia (The
End of the History and The Last Man,
1992).
Pero la realidad ha sido bien
distinta de aquellas expectativas: en tan solo diez años la hegemonía global y
la legitimidad estadounidense comenzaron a deteriorase muy rápidamente, y por
otra parte ninguna potencia parece emerger con la capacidad y la intención de
llenar el vacío de poder generado en la última década.
En realidad, el colapso de este falso
orden mundial unipolar estaba anunciado desde su mismo comienzo, pues como
indica Bauman, una vez iniciado el proceso de disolución de la centralidad
–económica, política, social y cultural- que conduce hacia la sociedad líquida
y la globalización, ¿cómo detenerlo y/o revertirlo? Además, y esto es relevante
para lo que diremos más adelante, esta pérdida de centralidad no es tan
negativa como parece a simple vista para los intereses globalistas de la
talasocracia mundial en vigor, por el contrario, la reafirma y favorece pues el
contexto de ‘caos creativo’ al que nos encaminamos hace de lo local y puntual
la prioridad, impidiendo planes a largo plazo y con ello la emergencia de un
auténtico orden antagónico.
Paralelamente,
las instituciones nacidas tras la IIGM resultan caducas en su estructura y
funcionamiento, y no representan de manera efectiva el actual panorama
geopolítico internacional, de modo que requieren de una profunda transformación
si se quiere que sean representativas y efectivas en el mundo futuro. En
palabras del politólogo estadounidense Ian Bremer:
“Las
instituciones que nos gobernaban y que básicamente estaban controladas por EEUU
y sus aliados, ya no funcionan”.
El
futuro de la globalización: ¿multipolaridad o apolaridad?
Ante este panorama analistas y
expertos geopolíticos prevén dos escenarios posibles que podrían desarrollarse
en las próximas décadas:
·
Apolaridad
·
Multipolaridad.
El segundo escenario aparece como el
más deseable, pero también como el más difícil de producirse en la práctica,
como veremos más adelante. Comenzaremos nuestro análisis por la hipótesis de la
apolaridad.
“Hoy
no existe ni la unipolaridad, ni la bipolaridad, ni la multipolaridad. Hoy
existe la ceropolaridad, lo que significa que ningún país, incluyendo a los EEUU,
Unión Europea (UE) y la República Popular China (RPCh). puede ejercer la
influencia definitiva sobre el transcurso de los acontecimientos. Ninguno”.
(G.
Dzhemal en entrevista para Nakanune.ru 20-09-2013)
Algunos autores como el politólogo
Ian Bremer o el analista y filósofo Geydar Dzhemal, sostienen que está teniendo
lugar una despolarización acelerada causada ante todo por la falta de liderazgo
de las potencias occidentales clásicas -USA y la UE-, y por la escasa intención
de asumir tal responsabilidad por parte de las potencias emergentes, en
particular China. Un proceso que muy posiblemente desembocará en pocas décadas
en la apolaridad.
La
apolaridad es descrita como un escenario mundial caótico, marcado por el vacío
de poder y la crisis de legitimidad de las instituciones de gobernanza global
(ONU, OMS, WTO, etc.), así como por la ausencia de un liderazgo claro de
alcance internacional, sin potencias dispuestas o capaces de liderar el mundo.
Dzhemal se refiere a esta situación como ceropolaridad, mientras el politólogo Bremer opta por
denominarlo Grupo Cero(G-0).
Es importante advertir desde el
comienzo que la apolaridad es el escenario más probable al que además tiende de
modo natural el postcapitalismo y la postmodernidad, como analizaremos en
detalle más adelante.
Los analistas coinciden en que este
escenario será con toda probabilidad más complejo, inestable e impredecible que
el de décadas pasadas. Parece existir consenso en que en un primer momento un
panorama caracterizado por la apolaridad y la falta de capacidad de gobierno de
las instituciones internacionales favorecerá un retorno a las políticas de
alianzas bilaterales, lo que tendrá por resultado un escenario internacional
más peligroso, incluso catastrófico si se combina con crisis transnacionales
que requieran de respuestas internacionales y coordinadas: crisis climáticas o
alimentarias, desastres naturales, etc. Algunos autores han llegado a describir
este escenario futuro como de ‘guerra mundial troceada’ (Barrios, 2016).
En base a esto, algunos autores
pronostican a partir de este aparente ‘caos’ un resurgimiento de los estados
nación clásicos y un retorno parcial al orden ideal definido por el paradigma
geopolítico de Westfalia. Sin embargo, un análisis profundo de las condiciones
que han favorecido la aparición de la apolaridad nos indica que ésta se nutre
básicamente del debilitamiento y la demolición controlada de los mismos
estados-nación clásicos, que a través del proceso globalizador han sido
paulatinamente reducidos a instituciones gestoras de población pero carentes de
soberanía real, sobre todo en política exterior. Podemos citar varias razones
que explican este proceso.
En primer lugar, la globalización,
como hemos, dicho debilita al estado nación clásico, y lo hace simultáneamente
por encima y por debajo del nivel estructural del mismo estado:
·
en un nivel superior o supra-estatal,
con la creación de estructuras transnacionales –el ejemplo más evidente es la
UE-.
·
en un nivel inferior, o
intra-estatal, con estructuras del tipo lobbys, ONGs, fundaciones, movimientos sociales
financiados y dirigidos por otras fuerzas económicas o mediáticas, etc. Todas
estas sub-estructuras presionan, condicionan y dirigen la agenda política del
estado, reduciendo su capacidad real de maniobra y decisión.
En segundo lugar, los estados nación
desarrollados por las potencias europeas a partir del siglo XVII distan de ser
un hecho natural o universal como a menudo se ha pretendido desde el discurso
universalista tan propio de la perspectiva occidental. De hecho la conformación
de estados centralizados y potentes -como Roma o China- es una excepción a lo
largo de la historia. Por tanto, su existencia no obedece a una de esas
proclamadas ‘conquistas del progreso humano’. Prueba de ello es la artificiosidad
que supuso la ‘creación’ de estados al modo europeo a lo largo y ancho del
mundo durante el proceso de descolonización que siguió a la IIGM y las
problemáticas generadas por este mismo proceso.
Esta perspectiva universalista
refleja los prejuicios etnocéntricos propios de occidente: desde la creencia en
un progreso infinito y sin marcha atrás, como su mesianismo –el empeño por
salvar de su primitivismo a los otros pueblos- o su milenarismo –considerarse a
sí mismos y su historia como la cumbre y el estado definitivo a que debe
encaminarse la humanidad-. Los estados nación han supuesto nada más que una
fase de la historia y aunque en la historia de las sociedades y las culturas
hay abundantes casos de atavismos y conductas arcaizantes, la marcha de las
tendencias civilizatorias actuales convierte en obsoletas e ineficientes las
formas de organización previas.
En tercer lugar, señalar que la
globalización ha cambiado por completo la concepción del actor o ‘sujeto
geopolítico’ así como los objetivos decisivos por los que se lucha o compite.
Los criterios de autonomía del estado que otorgan peso específico a una nación
en el orden internacional han variado radicalmente, no son ya el par
territorio-población, sino el par energía-información. La información es hoy
por hoy el bien central de una sociedad y quien controla su flujo controla la
sociedad y su evolución. Por otra parte, sólo los países que puedan
auto-abastecerse y dispongan de una soberanía energética, alimentaria y
política serán los mejor situados en el nuevo escenario (Dzhemal).
Por tanto el paradigma geopolítico
clásico –básicamente el realismo geopolítico-, ha sido dinamitado por el nuevo
orden ceropolar y es muy improbable que pueda regresar en el futuro próximo.
La
globalización y el fin de la era de los estados nación.
“La
clase burguesa se desplaza hacia la integración en una entidad unificada que
trasciende las fronteras nacionales y constituye el núcleo de la burguesía
internacional. (…) El capitalismo era original y esencialmente transnacional lo
que explica porqué la globalización y el debilitamiento de las fronteras de los
estados no es algo único sino más bien la formación de una estructura espacial
común del sistema capitalista a escala mundial.”
(Alexander
Dugin, Una revisión de las teorías de las
Relaciones Internacionales)
La conclusión de todo lo anterior es
que el capítulo histórico marcado por la competencia entre sí de estados nación
potentes debe ser visto como algo del pasado. Urge cambiar el paradigma
geopolítico, pensar en otro términos, y para ello describir el nuevo escenario
en base a nuevos conceptos y teorías es una condición imprescindible.
Ahora
bien, tampoco hay lugar para un optimismo buenista. Lo que sostenemos en estas
páginas es que, contrariamente a lo que se suele suponer, el escenario de la apolaridad
no va contra los intereses del globalismo talasocrático -lo que ha dado en
denominarse NOM (Nuevo Orden Mundial), o NWO (New
World Order) por sus siglas en inglés- sino que,
por el contrario, la apolaridad forma parte de su agenda, pues aunque esto
suponga un aparente ‘caos’ global en el corto plazo, favorece la implantación
de un orden mundial tiránico a medio-largo plazo.
La apolaridad es, desde este punto de
vista, una fase histórica necesaria -del mismo modo que lo fueron los estados
nación hasta ahora-, hacia la consecución e implantación de un ‘Nuevo Orden’ y,
seguramente con él, de una forma de capitalismo nueva, más sutil pero también
más despótica, y tecnológicamente centrada. Recordemos que el auge de los
estados nación europeos cumplió un papel determinante en una fase histórica
concreta de la expansión capitalista en vistas a posibilitar a este modelo
económico una dimensión mundial.
De este modo la apolaridad y el caos
son, desde el punto de vista globalista, un mal necesario que permitirá a medio
plazo imponer su agenda exclusivista como único y mejor camino posible. Una
operativa que ya hemos visto por ejemplo en la reciente crisis financiera
global, empleada ante todo para avanzar en la agenda política hacia sus
objetivos de clase. El proyecto globalista no se presentará ante la opinión
pública como una imposición unilateral de las élites económicas mundiales, sino
como una opción salvadora y paternalista por parte estas mismas élites. Hay que
tener bien presente por tanto lo siguiente: este futuro será inevitable si no
se trabaja explícitamente en otra dirección alternativa.
Neomarxismo
y neoliberalismo: las dos caras de un mismo mundialismo.
“Cuando
se busca un poco quién soporta, apadrina y patrocina a la extrema izquierda
‘antifascista’, anti-especista, LGBT, No Border, Black-Blocks, Occupy, los
Indignados, etc., encontramos organizaciones que se encuentran en la cúspide
del capitalismo: la Open Society de George Soros, las fundaciones Rockefeller y
Rothschild, la Comisión Europea, diversas ONGs y empresas multinacionales, e
incluso algunos ministerios del Interior, es decir, la policía. Sabíamos ya que
los liberales y los libertarios convergían intelectualmente en la abolición de
las fronteras, las naciones y las identidades, y más ampliamente en la
deconstrucción de cualquier tipo de límite.
(…) Se trata, de
hecho, de una izquierda libertaria que predica la apertura sin límites,
totalmente inofensiva, ya que fue creada por la derecha liberal en los años de
la caza de brujas anticomunista para competir y debilitar a la izquierda no
libertaria, comunista y cerrada, por tanto estructurada, y verdaderamente
peligrosa para el sistema americanista y capitalista.”
(L. Cerise, entrevista de Monika Berchvok para Rivarol, 2016)
Como indica Lucien Cerise en la cita
con que abrimos, pese a las apariencias, neomarxistas y neoliberales tienen
mucho en común y comparten los mismos principios y los objetivos esenciales de
sus respectivas agendas.
Neoliberales
y neomarxistas1 tienen en común ante todo su
visión del hombre y de la historia, sesgadas por un infantil optimismo
antropológico y por una fe ciega en el progreso y las ‘fuerzas de la
evolución’. Esto no es una coincidencia, sino que es herencia de la filosofía
-o superstición- ilustrada que es su origen común y que ambas pseudo-ideologías
comparten.
Por supuesto, en tanto expresiones
consumadas de la modernidad, ambas corrientes son coincidentes también en la
lucha contra toda forma tradicional. En realidad, son enemigas de toda muestra
o evidencia de una realidad o cultura anterior a ellas mismas, pues en esto ha
consistido y consiste básicamente el proyecto moderno: un lavado histórico
sistemático. También comparten una misma tendencia proselitista en vistas a
imponer su hegemonía cultural unilateralmente, eliminando toda disidencia, es
decir, un odio acérrimo por toda la pluralidad y diversidad cultural, étnica,
artística o política de la humanidad, a pesar de su discurso aparentemente
permisivo, conciliador y multicultural.
Los
neomarxistas por su parte se esfuerzan por convencernos de que la desaparición
de pueblos y culturas, el etnocidio, así como el ecocidio, son males imputables
únicamente al capitalismo, sin reparar en que el capitalismo no es un sino
inevitable ni un ente externo llegado del más allá, sino que es un hecho
cultural que conlleva una mentalidad propia, la mentalidad moderna, que lo hace posible y está en el origen profundo
de aquel.
Pero además, este discurso buenista
choca frontalmente con los hechos observables, pues a pesar de su teórica
oposición total al capitalismo, el neomarxismo no solo ha renunciado a ofrecer
una alternativa plausible al mismo, sino que ha perdido toda iniciativa y sigue
fielmente la agenda mundialista de los neoliberales.
A
un papel fundamental no ha renunciado: el de re-educar y dirigir la vida de las
personas –las clases bajas y medias, claro está, no la de las élites- a través
de los mass-media, indicándoles cómo se ha de vestir, comer, amar y
en general vivir, en base a su eterna cantinela de que ‘lo personal es
político’.
Pero estas campañas de re-educación,
que no socaban en absoluto ni los principios en que se asienta el capitalismo
ni las consecuencias perversas de este, y que generalmente complican la vida de
la gente, tienen otros fines más oscuros. La finalidad de estas campañas va más
allá de adoctrinar a las clases medias, los viejos proletarios de antaño, y
creemos que su objetivo último es quebrar psíquicamente cualquier resistencia
de los dominados. Así parece cuando atendemos al modo en que estas campañas son
dirigidas sin excepción contra algo, y siempre tienen como consecuencia
fracturar o atomizar un poco más el cuerpo social. Modas por completo
artificiales como el veganismo, o las diferentes campañas lanzadas desde el
feminismo radical como el mal llamado ‘ludismo sexual’, y otras; todo ello
reduce la idea de revolución de antaño a un asunto de visibilidad social y
derechos de minorías. Es difícil creer que esto pueda ser casual.
Pero
además cabe considerar que todas estas corrientes underground de
pensamiento, música, arte, etc., catapultadas a cultura hegemónica de la
postmodernidad, correlacionan estrechamente con personalidades débiles2. ¿Realmente hay que pensar que se
sitúan en la senda de la revolución y contribuyen al fin del capitalismo? Hay
ciertamente opiniones –y cada vez más- que indican más bien lo contrario, se
trata de debilitar físicamente y quebrar psíquicamente al sujeto postmoderno,
convirtiéndole en un enfermo crónico, un dependiente absoluto, tanto físico
como mental, sin raíz ni horizonte vital más allá del hedonismo. Un no-hombre,
un neo-siervo, un ser acomplejado, incapaz de luchar por lo suyo, repleto de
desprecio y auto-odio hacia sí mismo y de rencor hacia lo que le rodea,
soportando unos gustos completamente mediatizados y dirigidos por la ‘industria
cultural’, y viendo con sospecha incluso sus propias inclinaciones naturales,
alimenticias o sexuales.
Si el discurso marxista clásico
asombraba ya por su tremendo reduccionismo, que rozaba lo infantil, el actual
discurso neo-marxista va un paso más allá, mostrando tintes realmente obsesivos
y enfermizos en su análisis de la realidad, propios de un psiquismo enfermo y
desquiciado. Esto es particularmente evidente en el discurso del feminismo
postmoderno, que es donde mejor se observa la tendencia moralista,
adoctrinadora y totalitaria, que no admite disidencia, de la modernidad,
visible sobre todo en la neo-lengua y la dictadura de lo políticamente
correcto, y que tanto nos recuerda al viejo puritanismo victoriano:
“Un
neo-puritanismo lingüístico que corresponde a un moralismo radical.” (Dominique Lecourt, entrevista para Le Figaro,
2016)
En definitiva, la pregunta es: ¿el
neo-marxismo contribuye al fin del capitalismo, o más bien lo perpetúa y
perfecciona por medio de la demolición a la vez de la comunidad social y del
individuo seguro y capaz?
"Sociedad
abierta" y mundo ceropolar.
“El
mundo no-polar estará basado en la cooperación entre los países democráticos
(por defecto), pero poco a poco el proceso de formación debería incluir a
actores no estatales –ONGs, movimientos sociales, grupos de ciudadanos
independientes, comunidades en red, etc.-”
A. Dugin, Una revisión de las teorías básicas en las RRII)
Volviendo a los puntos en común entre
neoliberalismo y neomarxismo señalemos que el pilar fundamental en que se
sostiene todo el mundialismo –de izquierdas o derechas, liberal o marxista- es
la noción, falsa, de que la civilización humana es una sola y común a todos los
hombres, es decir un universalismo que para poder imponerse en las mentes
requiere de los mitos del evolucionismo pseudo-científico y del agresivo
proselitismo propio de la modernidad occidental.
Sobre
esta idea básica, una creencia parcial, etnocéntrica e interesada, se construye
todo el discurso occidental, tanto el de la modernidad como el de la
postmodernidad, a través de ideas-fetiche como ‘democratizar’, ‘liberar’,
‘ayudar al desarrollo’, o la omnipresente ‘desigualdad’, etc. Estas son las
nociones básicas en que se sostiene toda la construcción imperialista
occidental sobre los otros pueblos, sea para someter al estilo clásico como fue
en la era de la modernidad, sea para “liberar” -lo que no es sino otro modo de
sometimiento, más psicológico y quizá peor que el primero-, como es el caso en
la postmodernidad actual. Todos estos argumentos se han impuesto en el
imaginario occidental hasta ser percibidos por la juventud sobre-socializada
como algo natural. Detrás de tales ideas, como ya dijimos, se
esconde un innegable sentimiento de superioridad y un poco disimulado
mesianismo.
Esta común genealogía pone en
evidencia el común origen ilustrado entre el imperialismo duro de antaño basado
en la fuerza militar y el imperialismo blando de hoy basado en comercio y
turismo, de apariencia buenista y solidaria pero igual de destructivo y
disolvente que aquel. Esto lleva a pensar, como ya han apuntado otros autores,
que más que una postmodernidad asistimos a una híper-modernidad.
Llegados
aquí, no es aventurado sospechar que, dados los bandazos, metamorfosis
intelectuales y cambios de objetivos estratégicos que ha asumido la izquierda
en las últimas décadas, su agenda haya sido diseñada y planeada precisamente
desde los propios think-tank neoliberales. De ser así las izquierdas
alter-globalistas -que básicamente se construyen alrededor del conocido aserto:
‘Otra globalización es posible’- serían una especie de monigote o
espantapájaros agitado y dirigido desde los poderes mundialistas más agresivos
para ir modelando la opinión, creencias y sobre todo conformidades de los
sometidos.
Se da la paradoja además de que
quienes apoyan este discurso exageradamente buenista, melifluo y sentimental,
obviando cada vez más los argumentos racionales, son las clases sociales que se
están viendo (y se van a ver en el futuro) más perjudicadas por el proceso
mundialista, lo cual demuestra como ya indicamos antes que el neomarxismo es la
ideología mundialista pensada, diseñada y dirigida a los sometidos, es decir
las víctimas del proceso globalizador.
La
apolaridad como fase necesaria hacia la constitución del proyecto mundialista.
“La
globalización ha puesto en marcha un proceso de cambio de gran alcance que
afecta a todos. Las nuevas tecnologías, asentadas en políticas de mayor
apertura, han creado un mundo más interrelacionado que nunca. Ello no sólo
entraña una mayor interdependencia en las relaciones económicas —el comercio,
la inversión, las finanzas y la organización de la producción a escala global—,
sino también una interacción social y política entre organizaciones y personas
de todo el mundo.
Los beneficios que
pueden obtenerse son inmensos. La creciente posibilidad de interconexión entre
las personas de todo el mundo está favoreciendo la constatación de que todos
pertenecemos a una misma comunidad global. Este naciente sentido de
interdependencia, de compromiso con valores universales compartidos y de
solidaridad entre los habitantes de todo el planeta puede aprovecharse para
cimentar una gobernanza global abierta y democrática que beneficie a todos. La
economía de mercado global ha puesto de manifiesto una gran capacidad
productiva. Gestionada con acierto, puede dar lugar a progresos sustanciales y
sin precedentes, crear puestos de trabajo más productivos y mejores para todos,
y contribuir de manera importante a la lucha contra la pobreza en el mundo.
Sin embargo,
también somos conscientes de lo mucho que nos queda por hacer para que esta
posibilidad se convierta en realidad.”
Comisión Mundial sobre la Dimensión
Social de la Globalización, Por
una globalización justa: crear oportunidades para todos, 2004.
El anterior extracto de la Comisión
Mundial sobre la Globalización condensa en pocos párrafos todas las falsas
promesas y tópicos con que se implanta el mundialismo. Aunque el texto se
explica por sí mismo queremos reseñar dos aspectos.
En
primer lugar, los ‘beneficios’ de la globalización se nos presentan como promesas ilusionantes, al estilo en que se presentaban todas las
deplorables ideologías de la modernidad, en particular el marxismo con sus
promesas de un hombre nuevo para un tiempo nuevo. La gobernanza global se
presenta ahora con el mismo disfraz utópico con que se presentaba la revolución
antaño: es la estación final del proceso civilizatorio, la cima de la evolución
histórica. Para cualquiera mínimamente acostumbrado a la retórica del marketing
está muy claro: se nos intenta convencer, vender un producto, para lo cual es
necesario envolverlo y presentarlo del modo más atractivo posible: seducir.
En
segundo lugar, y esto nos parece aún más decisivo, todo lo expuesto lo es
mediante juicios de valor sesgados -recurriendo una vez más al sentimentalismo más
rastrero frente a los posibles argumentos racionales y objetivos-. Semejante
retórica es compartida sin objeción tanto por neoliberales como por
neomarxistas, los dos supuestos adversarios ideológicos.
En definitiva estamos ante una
apariencia de disidencia que no es tal. La realidad es que los unos y los otros
son las dos caras de la misma moneda hegemónica, globalista y neocolonial.
Neoliberales y neomarxistas son como
los dos rostros del dios Jano: un rostro mira desde la posición del poder, el
otro desde la posición de los sometidos. Pero ambos rostros pertenecen a un
mismo cuerpo y tienen un objetivo común.
A
modo de conclusión.
“El
mundo no polar sugiere que el modelo de melting
pot [de crisol] estadounidense se extenderá al mundo entero. Como
resultado, esto borrará todas las diferencias entre pueblos y culturas, y una
humanidad individualizada, atomizada, será transformada en una “sociedad civil”
cosmopolita sin fronteras. La multipolaridad implica que los centros de toma de
decisiones deben estar lo suficientemente elevados (pero no exclusivamente en
manos de una sola entidad, como lo están hoy en las condiciones del mundo
unipolar) y que las especialidades culturales de cada civilización particular
deben preservarse y fortalecerse (pero no disolverse en una sola multiplicidad
cosmopolita).”
A. Dugin, Una revisión de las teorías básicas en las RRII.
Recapitulemos. Hemos visto en primer
lugar la fuerte tendencia hacia la apolaridad: ningún país posee capacidad de
arbitrar el escenario mundial. Es esencial advertir que no existe posibilidad
de retornar a una unipolaridad estricta y explícita. Por tanto, cabe esperar un
proceso de caotización a nivel internacional. Esto facilitará la emergencia de
potencias regionales que muy probablemente serán combatidas en nombre de la paz
y la libertad por las privilegiadas potencias neocoloniales de siempre. Algunos
analistas creen que esto puede conducir a un resurgir de los estados-nación con
las reivindicaciones nacionalistas propias de tiempos pasados. La realidad es
que este escenario es altamente improbable: los estados-nación están en franco
retroceso y sufren una pérdida de competencias y capacidades constante.
Por
tanto, el previsible ‘caos controlado’ de la apolaridad será un acicate más,
quizá el definitivo, hacia la gobernanza global. En este escenario el caos
puede alargarse tanto como sea necesario hasta que las resistencias al
mundialismo sean definitivamente abolidas3.
En segundo lugar hemos analizado cómo
neoliberalismo y neomarxismo son dos caras de la misma moneda, una dirigida a
las élites gobernantes ofreciéndoles el clásico discurso mesiánico e
imperialista, y la otra dirigida a la mayoría sometida, ofreciéndoles un
discurso de falsas promesas y vanas ilusiones pero a la vez tendente a dividir
–atomizar- a este grupo social, enfrentándolo entre sí y sometiéndolo de un
modo cada vez más psicológico e interior.
La conclusión es que solo un
escenario multipolar puede detener el proceso mundialista, a la vez que
proporcionar el equilibrio que la apolaridad regida por el principio de la
supervivencia del más fuerte va a impedir. La multipolaridad es por tanto la
única posición racional, constructiva y alternativa al orden actual. Pero
¿cuáles son las condiciones que posibilitarían un escenario multipolar real y
efectivo en la práctica? A ello dedicaremos la segunda parte.
Notas:
1 La
distinción entre marxismo clásico y neomarxismo no es en absoluto retórica sino
de forma y contenido. Por explicarlo en términos que ya hemos empleado en este
ensayo, el marxismo clásico pertenece a la modernidad sólida y, acorde con tal
contexto, hace uso de una teoría racionalista así como de categorías cerradas y
fijas. Esta visión moderna y sólida se refleja a sí mismo en su visión
geopolítica del mundo. El neomarxismo, por su parte, viene a coincidir con lo
que se ha denominado en ocasiones ‘izquierda indiferenciada’ (Bueno) o
‘izquierda foucaultiana’. Se trata de un perfecto exponente de la modernidad
líquida: fragmentación del discurso, carencia de proyecto y teoría coherentes,
inexistencia de categorías claras y distintas, etc. Podría decirse que, como
todas las expresiones de la modernidad líquida, es cajón de sastre conceptual,
fragmentario y post-paradigmático. También en su visión individualista de la
sociedad muestra una clara incompatibilidad con el marxismo clásico.
En
este sentido es significativo -y es prueba irrefutable de la distancia
insalvable entre ambas escuelas, a pesar de las apariencias-, que las
sociedades de los países de la órbita soviética hayan resistido mejor que otras
la ofensiva disolvente de la modernidad líquida, el neoliberalismo y lo
políticamente correcto.
2 Unabomber
en su Manifiesto puso el foco acertadamente en la
caracterización psicológica del progresismo y los defensores del activismo de
todo tipo. Habría sido una interesante línea de investigación, como aquellas
que emprendieron Adorno y la Escuela de Berkeley, a fin de criminalizar y
señalar socialmente ciertos posicionamientos ideológico-políticos, pero aquí
nos encontramos ante una línea de investigación que esa pseudo-ciencia
usurpadora que es la Psicología moderna, al servicio del poder capitalista, no
va a explorar jamás.
3 El
vértice de unión entre los tres rasgos que describimos como las diferentes
caras de un proyecto único y común: 1) caos apolar –desestabilización de
ciertos países estratégicos-, 2) defensa de la necesidad de un gobierno mundial
y 3) progresismo social radical –asunción de la agenda neomarxista hasta sus
últimas consecuencias-, se encarna de manera particularmente evidente en la
actual candidata demócrata a la presidencia de los EEUU, quien como ella misma
ha mostrado en tantas ocasiones, es una defensora acérrima de la dictadura de
lo políticamente correcto y la neo-lengua, y lo hace exhibiendo un carácter
moralizante y en extremo puritano. A fecha de hoy representa la quintaesencia
de la agenda globalista.
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