Tierras raras: El oro del siglo XXI, el arma de China en la guerra
tecnológica
El gigante asiático, que acapara el 80% de la producción
mundial, amenaza con negar las exportaciones de estos minerales cruciales a su
rival
MACARENA VIDAL LIY
Pekín 6 JUN 2019 -
16:44 CEST
El presidente chino, Xi Jingping, en su visita a una empresa
de tierras raras en Ganzhou en mayo. XINHUA
Ordenadores, teléfonos móviles,
cerámicas avanzadas, coches eléctricos, microondas, fibra óptica, sistemas de
iluminación, láseres, misiles, satélites. Todos estos productos, del más común
al más sofisticado, necesitan para funcionar de alguno de los 17 elementos
químicos que se conocen colectivamente como tierras raras. Unos minerales que
pueden convertirse en la próxima arma de China, que acapara el 80% de la
producción global, en la guerra tecnológica y comercial que libra con EE UU.
“Estos minerales críticos pasan
inadvertidos muchas veces, pero sin ellos la vida moderna sería imposible”, ha
declarado esta semana el secretario de Comercio de EE UU, Wilbur Ross, al
presentar un informe que designa 35 elementos y compuestos como “imprescindibles
para la seguridad nacional y económica” de su país.
Las tierras raras —los quince
lantánidos de la tabla periódica y otros dos elementos relacionados, el
escandio y el ytrio—, pese a su denominación, no son escasas. El cerio, por
ejemplo, es tan abundante en la corteza terrestre como el cobre. El problema es
que es difícil encontrar estos minerales en concentraciones suficientes para
que merezca la pena su extracción. Una extracción que puede conllevar riesgos
medioambientales y para la salud: en los yacimientos pueden estar mezclados
incluso con elementos radiactivos, como el torio. Y en el proceso de separación
se generan abundantes residuos tóxicos que pueden contaminar el aire, agua y
suelo de los alrededores. Estados Unidos solo cuenta ahora mismo con una mina
operativa, Mountain Pass, en California.
China, en cambio, es el principal
suministrador mundial, con mucha diferencia, gracias a la abundancia de estos
elementos en su suelo —se calcula que cuenta con el 37% de las reservas
mundiales, según la firma de análisis de mercado Research and Markets—, y una
mayor tolerancia histórica a la hora de anteponer el desarrollo económico al
cuidado del medioambiente o la seguridad en el trabajo.
A costa de crear serios problemas
ecológicos en las zonas vecinas —Baotou, en Mongolia Interior, la principal
zona de explotación, arrastra como herencia un ponzoñoso “lago negro”— ha
podido ofrecer un producto mucho más barato que cualquier otro competidor,
acaparar el 80% del suministro mundial y el 85% de la capacidad global de
procesado en sus minas de Baotou, Liangshan (Sichuán, centro del país), Ganzhou
(Jiangxi, este) y Longshan (Fujian, en la costa). El otro 20% mundial se
reparte entre Australia, Brasil, India, Rusia, Vietnam, Malasia o Tailandia.
Incluso la mina estadounidense envía su producción a China para procesarla.
Para Washington, este
cuasi-monopolio por parte de un país al que ve cada vez menos como un socio y
más como rival estratégico en un número creciente de áreas, representa ahora un
problema. Especialmente dado que la demanda no hará sino aumentar en los
próximos años, con el desarrollo de sectores como el de los vehículos
eléctricos, y que estos materiales son imprescindibles también en el terreno
militar, ya que se usan en los sistemas de guiado de misiles o radares, entre
otros.
Y Pekín está amenazando, cada vez
con menos sutileza, con la posibilidad de limitar sus ventas de estos minerales
a EE UU. Es su gran as en la manga en el ping-pong de medidas y represalias
comerciales en que las dos naciones están inmersas, teniendo en cuenta que el
año pasado, el 80% de las compras estadounidenses de tierras raras procedieron
de China, según su Servicio Geológico (USGS).
El 21 de mayo el presidente
chino, Xi Jinping, inspeccionaba un centro de procesamiento de tierras raras en
Ganzhou, en lo que parecía un primer aviso. Pocos días más tarde, un editorial
del Diario del Pueblo, el periódico del Partido Comunista, anunciaba
ominosamente: “No digáis que no os lo advertimos”, una frase utilizada antes de
entrar en guerra con la India en 1962 y con Vietnam en 1979.
Finalmente, la todopoderosa
Comisión Nacional de Reforma y Desarrollo, responsable de la política
económica, indicaba que se planteará “endurecer los controles de exportación
(…) y revisar los mecanismos para todo el proceso de exportación” de estos minerales.
“Si algún país quiere usar productos fabricados con tierras raras chinas para
poner límites al desarrollo de China, el pueblo chino no lo verá con buenos
ojos”, advertía el portavoz de esa entidad. El periódico Global Times, por su
parte, aseguraba que la prohibición de exportaciones puede ser “un arma muy
poderosa en la guerra comercial. No obstante, China la usará principalmente
para defenderse. No es su primera opción como arma de ataque”.
En el informe que ha presentado
Ross, de 50 páginas, se contempla la extracción de fuentes distintas a las
tradicionales, desde el agua de mar a residuos de carbón, o la fabricación de
imanes con elementos distintos. “El Gobierno de EE. UU. tomará medidas sin
precedentes para garantizar que el país no se queda sin estos materiales
vitales”, ha asegurado el secretario de Comercio.
China sigue, mientras tanto,
haciendo sonar los tambores de guerra. Esta semana, el organismo ha celebrado
sendas reuniones con expertos y con las principales empresas del sector —controlado
por seis grandes compañías estatales— para consultar sus puntos de vista. La
recomendación se ha repetido en ambas: “control de las exportaciones”.
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