Estados Unidos o el
último Estado hegemónico. El poder en la era del ascenso y la consolidación del
resto del mundo
Sandra Borda G.
Hace una década, se hablaba de la
consolidación del poder estadounidense y de un mundo unipolar controlado desde
Washington. Pero pocos años después, la narrativa del declive de Estados Unidos
se ha difundido y fortalecido. Hoy, en el sistema internacional, los debates
entre declinistas y antideclinistas tienen un tono más político que académico;
se recoge evidencia de manera selectiva para sostener una posición o la otra, y
en ambos casos prima una versión poco sofisticada de lo que es el poder y de
cómo este evoluciona en el orden internacional. Vivimos en un sistema en
transición, que está lejos aún de constituir un tablero de juego claro y
estable.
Estados Unidos o el último Estado
hegemónico. El poder en la era del ascenso y la consolidación del resto del
mundo
El debate sobre el declive (o no)
del poder estadounidense no es nuevo: a finales de la década de 1950 parecía
haber evidencia firme de que la Unión Soviética le estaba ganando la Guerra
Fría a Estados Unidos y, en los años 80, las sospechas de un mundo dominado por
Japón también provocaron angustias a la potencia del Norte1. Por el contrario,
hace apenas una década varios observadores hablaban de la consolidación de la
primacía estadounidense y de un mundo unipolar controlado por EEUU2: Paul Kennedy
insistía en que nunca antes en la historia había habido semejante nivel de
disparidad entre un hegemón y el resto del mundo; varios analistas aseveraban
que ninguna potencia había acumulado semejante cantidad de poder militar,
económico, tecnológico, cultural y político. Fareed Zakaria hablaba de un nivel
comprehensivo de unipolaridad solo comparable al de Roma en la época del
Imperio3.
Pero hoy la narrativa del declive
de EEUU se ha fortalecido y en algunos ámbitos se ha hecho prácticamente
dominante. Se ha vuelto un lugar común empezar los escritos y análisis sobre la
naturaleza del sistema internacional con una sentencia sobre el debilitamiento
de la potencia del Norte. Sin embargo, es inevitable preguntarse si tiene
sentido hablar de una transición tan drástica –de la primacía al declive– en
menos de una década. Probablemente no. Y, de hecho, en este ensayo intentaré
demostrar que el debate sobre la posición de poder de EEUU hoy, en el orden
internacional, es más una discusión política que académica, en la que se recoge
evidencia selectivamente para apoyar a un bando o al otro –los que denomino
«declinistas» y los «antideclinistas»–, y prima una versión poco sofisticada de
lo que es el poder y de cómo evoluciona en el sistema internacional.
Es claro que la crisis económica
iniciada en 2008 y las dificultades que ha tenido el gobierno estadounidense en
su intento por articular un proceso de recuperación rápido y sostenible
incrementan la percepción del declive entre la opinión pública y los analistas.
La prueba fehaciente de esta percepción es que entre 60% y 70% de los
estadounidenses creen que su país, en efecto, está en declive4. Sin embargo, un
análisis del papel de EEUU en el mundo debe ir más allá de las percepciones y
la intuición. Como demuestro a continuación, la tarea de quienes han
participado en este debate hasta ahora ha sido la de proveer evidencia
selectiva para alimentar estas percepciones de declive o las versiones que se
resisten a esta lectura, pero no están (ni podrían estarlo) en condiciones de
sacar conclusiones rigurosas sobre la distribución de poder global y el estatus
estadounidense sobre la marcha de la coyuntura. El actual es un sistema en
transición y lejos está de constituir un tablero de juego claro y estable.
Comenzaré el texto con una reseña
breve y que no constituye una síntesis exhaustiva de lo que han dicho todos
aquellos que han participado en este debate, en la que organizo los argumentos
de acuerdo con los ejes centrales de la conversación: económico, educativo, cultural,
militar y político; luego, reseño la discusión entre las causas internas y
externas del declive. Por último, intento contribuir con algunas herramientas
de análisis que pueden ser útiles para llevar a cabo esta discusión en una
forma más ordenada y rigurosa, cuando finalmente sea posible entender y
analizar una configuración más estable del sistema internacional.
n n n Aquellos que debaten la
tesis del declive económico estadounidense sugieren que la recuperación de EEUU
después de la crisis económica de 2008 ha sido mejor, más rápida y más
consistente de lo que muchos esperaban5. Daniel Gross sugiere que el mercado
bursátil estadounidense se ha duplicado desde marzo de 2009, que la economía ha
retornado a su pico más alto en 2007 y que actualmente está creciendo a una
tasa de 3% anual, mucho más rápido que en cualquier otro país desarrollado. El
sector privado también emergió de la crisis, según este mismo analista, más
equipado para cumplir con sus obligaciones, para ahorrar, invertir, gastar y
crecer. De hecho, las ganancias antes de impuestos crecieron de 1,25 billones
de dólares en 2008 a 1,8 billones en 2010, y a 1,94 billones en 2011.
Adicionalmente, del último trimestre de 2008 al último trimestre de 2009 la
productividad creció 5,4%, y 4,1% en 2010. La inversión extranjera directa
creció de 135.000 millones de dólares en 2009 a 194.000 millones en 2010, y se
mantuvo en 155.000 millones de dólares durante los primeros tres trimestres de
2011. Finalmente, en materia de empleo, desde febrero de 2010 el sector
privado, que provee 83% de los puestos de trabajo en ese país, ha añadido cerca
de 4,1 millones de empleos, a un promedio de 160.000 al mes.
Otros afirman que la economía
estadounidense sigue siendo la más grande del mundo, con un PIB de casi 16
billones de dólares y un PIB per cápita de 50.000 dólares, solo superado por 10
países, en su mayoría pequeños. Los recursos naturales estadounidenses también
superan de lejos los de otros países grandes de todo el mundo: la superficie de
tierra arable es cinco veces la de China y el doble de la de Brasil; los
avances en fracking y excavación horizontal han habilitado la explotación de
grandes reservas de petróleo y gas natural; la Agencia Internacional de Energía
(AIE) predice que EEUU será el productor más grande de petróleo en 20206.
Adicionalmente, en pocas partes del mundo tres factores claves para el avance
de la economía se conjugan como lo hacen en EEUU: allí hay garantías para la
propiedad privada de los individuos, el sistema financiero es viable en su
forma actual, y la deuda –pública y privada– sigue un camino de
sostenibilidad7.
Sin embargo, los argumentos de
los declinistas en el campo económico también son fuertes: EEUU es la economía
más grande del mundo, pero también la más endeudada8. Como si esto fuera poco,
varios sectores de la economía de ese país se encuentran en un estado
preocupante: el sector manufacturero representa menos de 11% del PIB (mientras
que representaba cerca de 30% durante el gobierno de Richard Nixon, 1969-1974),
el sector servicios no constituye una parte significativa de las exportaciones
y el déficit es de entre 3% y 5% del PBI, mientras que constituía menos de 0,5%
al inicio de la década de 1970.
Adicionalmente, aunque la
economía haya crecido de manera parcial, los declinistas argumentan que uno de
los ámbitos en los que el deterioro del poder estadounidense es más evidente es
el de la infraestructura. De acuerdo con la Administración Federal de
Carreteras, uno de cada cuatro de los más de 600.000 puentes que hay en EEUU es
inadecuado (no apto para uso) o demasiado viejo. El país debería invertir cerca
de 225.000 millones de dólares al año de aquí a 2050 para tener una
infraestructura moderna y adecuada; esto es, 60% más de lo que invierte hoy en
día9. En términos generales y de acuerdo con el Foro Económico Mundial, en 2012
la infraestructura estadounidense solo logró posicionarse en el puesto 25 en el
mundo, «a duras penas puede pensarse en esto como un estatus de
superpoder»10.En materia educativa, los defensores de las tesis antideclinistas
insisten en que desde 1972 el número de estudiantes extranjeros se ha
incrementado cada año, con la excepción de los tres años posteriores a los
ataques del 11 de septiembre. Un récord de 690.923 estudiantes extranjeros se matriculó
en universidades estadounidenses durante el año académico 2009-2010, de acuerdo
con el Instituto de Educación Internacional11. Adicionalmente, EEUU lleva
adelante la mayor cantidad de investigaciones (31% del total global en 2012) y
cuenta con las mejores universidades (29 de las mejores 50, de acuerdo con un
ranking británico)12. Según Jerry Bowyer, el ambiente estadounidense es mucho
más favorable a la innovación comparado con el que existe en otros países
desarrollados, y eso explica que 133 de las primeras 500 compañías
multinacionales según Fortune tengan sus oficinas principales en EEUU13.
Como es de esperar, los
declinistas también cuentan con argumentos contundentes en este campo: cerca de
1,3 millones de estudiantes estadounidenses abandonan la escuela secundaria
cada año y el sistema universitario, tan preciado por los antideclinistas, es
simplemente imposible de pagar para muchos estadounidenses. Cada año las
universidades incrementan sus matrículas, en parte gracias al cada vez más
escaso apoyo gubernamental: «De hecho, estados como California ahora gastan más
dinero en prisiones que en universidades»14. Finalmente, los graduados de
universidades y colleges en EEUU deben actualmente un total de 1 billón de
dólares en préstamos estudiantiles, lo que sobrepasa el total del consumo de
tarjetas de crédito en el país. Es apenas obvio, entonces, que la perspectiva
de adquirir semejante deuda disuada a muchos de ingresar en el sistema de
educación universitaria disponible15.
Para muchos, uno de los espacios
donde el dominio de EEUU es claro es el cultural, e insisten en la necesidad de
no subestimar la importancia del denominado soft-power. Aquí los argumentos van
desde lo más light: importa que abuelos y niños, jihadistas y dictadores usen
jeans; hasta la difusión de fenómenos culturales como el rap y el rock, el
dominio de la lengua inglesa en escenarios internacionales y el dominio de
Hollywood y la cultura pop16. Pero estas ideas, todas ellas, simplemente
sentencian que la hegemonía cultural estadounidense está lejos de estar
debilitada. No en vano, según una encuesta de Gallup en 151 países, 23% de los
entrevistados señalaron EEUU como la primera opción en caso de salir de sus
países de origen, y calificaron al Reino Unido como la segunda opción, con un
7% de favorabilidad17.
El Spiegel, sin embargo, cita
otros estudios y arguye que inmigrantes altamente calificados de la India y
China contemplan cada vez menos EEUU como una opción para su futuro
profesional18. Además, los altos niveles de crimen violento, la epidemia de
obesidad, la adicción a la pornografía y las drogas y el uso exagerado de
energía pueden ser muestras de un estado avanzado de decadencia cultural en ese
país19. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y
la Organización Mundial de la Salud (OMS) aseguran, además, que EEUU ocupa el
puesto 27 en expectativa de vida, 18 en diabetes y primero en obesidad20.
El bando antideclinista arguye
que un espacio adicional en donde el poder de EEUU continúa siendo fundamental
e incomparable es el militar. La potencia del Norte gasta más en defensa que lo
que gastan juntos los 20 países que la siguen en la lista de aquellos con mayor
gasto militar en el mundo, y ello, por supuesto, es una fuente de su primacía
en este ámbito21. De hecho, no ha habido declive en la capacidad militar
estadounidense, y el gasto actual en defensa es de aproximadamente 600.000
millones de dólares al año. Este gasto, sin embargo, representa menos de 4% del
PIB anual. Las fuerzas terrestres y marítimas están equipadas con el armamento
más avanzado y las tropas de este país son de las más experimentadas en
combate. El poder naval estadounidense continúa siendo predominante en cada
región del mundo22. Sin embargo, según los críticos, esta superioridad militar
también provoca un fenómeno de sobreexpansión que no solo afecta negativamente
la imagen de este país en el mundo, sino que le impide invertir más en
educación, transporte, bienestar social y otras prioridades de carácter
interno.
Finalmente, en el ámbito
político, la inhabilidad de Washington para tomar decisiones debido al
constante enfrentamiento entre demócratas y republicanos es interpretada como
una debilidad intrínseca de las instituciones políticas estadounidenses23.
Muchas leyes no se han siquiera sometido a votación en el Congreso porque los
republicanos, durante la era Obama más que antes, amenazan con el uso o usan de
hecho el filibuster24 para retrasar las votaciones y ejercer un obstruccionismo
sin precedentes en la historia del país. En los últimos cinco años, los
republicanos han usado el filibuster 385 veces, la misma cantidad de veces que
fue usado durante las siete décadas entre la Primera Guerra Mundial y el final
de la administración del presidente Ronald Reagan en 198925. El impacto de este
ambiente polarizado ha sido claro en la política exterior, debilitando la
posición internacional como potencia: en la actual coyuntura, es imposible
conducir el comportamiento internacional del país sobre la base de un acuerdo
bipartidista, y hay divisiones en casi todas las dimensiones de la política; la
habilidad de hablar y actuar con una sola voz se debilita todos los días en las
instituciones públicas estadounidenses26.
Otro eje sobre el cual se puede
ubicar el debate acerca del declive del poder estadounidense se vincula a las
causas: para algunos analistas, el factor explicativo clave de la crisis por la
que atraviesa la potencia del Norte es interno, mientras que para otros es el
resultado de drásticos cambios en el sistema internacional. En el primer bando,
Andrew Bacevich afirma que la crisis estadounidense es, a su vez, resultado de
la articulación de tres crisis: económica-cultural, política y militar, y todas
ellas son provocadas por los mismos ciudadanos estadounidenses27. En materia
económica y cultural, en EEUU se ha desarrollado una espiral de consumismo que
ha provocado una profunda dependencia de recursos energéticos y de otros tipos.
La libertad es asociada con el derecho a consumir (incluso lo innecesario), y
esto no solo resulta en dilapidación y desperdicio, sino también en la
aparición de una gran brecha entre las demandas de la sociedad y los medios
disponibles para satisfacerlas. En el plano político, el país ha transitado
hacia lo que Bacevich denomina el «presidencialismo imperial». La
centralización de poder en el Ejecutivo ha distorsionado el sistema de pesos y
contrapesos y ha debilitado no solo los demás poderes públicos, sino también la
autonomía de los estados de la Unión. El resultado ha sido que el
establecimiento político se ha tornado disfuncional y permanece desconectado de
las necesidades del americano promedio. Finalmente, la crisis militar es el
resultado de tres ilusiones que nutrieron una versión equivocadamente optimista
de la eficacia de las fuerzas militares estadounidenses: se asumió que las
Fuerzas Armadas habían logrado ser más precisas y potencialmente más humanas,
capaces de llevar a cabo ataques semiquirúrgicos sin producir daños
colaterales; se consideró que se había logrado un consenso entre civiles y
militares respecto a los casos en los que debería haber intervenciones armadas,
y que se escogerían solo aquellos en los que se pudiera ganar de manera
decisiva y eficaz; y al fin, después de los años divisivos en los que
transcurrió la Guerra de Vietnam, se asumió que la polarización se había
superado y que hoy el respaldo social a las Fuerzas Armadas es incuestionable.
Todo ello llevó a Washington a comportarse sobre la base de premisas
equivocadas, y la falta de cálculo es lo que en definitiva produjo el declive.
Mientras Bacevich sugiere que el
declive estadounidense es un mal autoinfligido, Fareed Zakaria insiste en
hablar del surgimiento de «los otros» como causa esencial de la decadencia del
poder de EEUU28. Según este analista, a pesar de que el predominio
político-militar se mantiene, en las dimensiones industrial, financiera,
educativa, social y cultural, la distribución de poder en el ámbito
internacional está cambiando rápidamente y apartándose de forma contundente del
dominio estadounidense. El «resto» del mundo que está emergiendo no solo está
constituido por nuevos Estados poderosos (China, Brasil y la India, para citar
algunos ejemplos), sino también por actores no estatales que, empoderados,
contribuyen a erosionar la centralización, jerarquía y control que ejerció
durante varias décadas EEUU. A ojos de Zakaria, no hay mucho que este país
hubiese podido hacer en este escenario; el declive no es, desde su punto de
vista, autoinfligido, sino más bien inevitable.
Es posible que estas dos
lecturas, la de Bacevich y la de Zakaria, no se contrapongan necesariamente.
Sin embargo, sobre la base de estas dos aproximaciones no es posible llegar a
una conclusión sobre cuál de los dos argumentos tiene mayor poder explicativo,
en la medida en que ambos autores seleccionan con destreza la evidencia que
sostiene sus propias premisas. La literatura sobre el declive del poder
estadounidense desde ambas orillas –defensores y detractores– parece más
concentrada en sustentar respuestas concebidas a priori, que en dejarse
sorprender con un argumento distinto que resulte de un interés genuino por
observar y analizar el impacto del cambio en la distribución de poder en el
nivel internacional. La preocupación parece ser más bien mantener y defender
una posición política motivada por el nacionalismo en una orilla, o por el
antiamericanismo en la otra, y no construir respuestas rigurosas a las
preguntas sobre la dinámica propia del sistema internacional y el papel que
EEUU ocupa en él.
Lo que el anterior debate revela
es, justamente, que no hay evidencia contundente y decisiva a favor de ninguna
de las dos tesis, la declinista o la antideclinista. A diferencia de lo que
ocurrió en otras coyunturas históricas, es difícil hoy llegar a una conclusión
certera sobre el estatus actual de EEUU en el sistema internacional. De hecho,
y como lo he sugerido antes, el debate en su forma actual más parece una
discusión política que un esfuerzo analítico por descifrar en qué forma ha
cambiado el papel estadounidense en el mundo. Pero además de la debilidad de la
evidencia empírica y la arbitrariedad con que se escogen y presentan los datos
en esta discusión, hay premisas básicas sobre la forma en que el poder
hegemónico debe y puede ser entendido en el nivel internacional que es preciso
cuestionar para construir una conversación más completa sobre este tema.
En primer lugar, ni en esta ni en
ninguna otra coyuntura, el poder de EEUU o de cualquier otro actor
internacional debería ser medido en términos absolutos. La pregunta no es si la
potencia cuenta o no con mayor poderío económico o militar que el resto de los
actores del sistema internacional. La cuestión clave aquí tiene que ver con la
capacidad del Estado de transformar este poder puramente material en influencia
o en liderazgo. Por esta razón, importa muy poco si la distribución del poder
económico o militar a escala internacional ha cambiado sustancialmente, en la
medida en que esta transformación no se traduzca en cambios en la habilidad de
EEUU (o cualquier otro Estado que desafíe la preponderancia de la principal
potencia global) de usar ese poder para lograr lo que quiere a un costo bajo
(preferiblemente, a través de la disuasión y no a través del uso real del poder
material).
Pero asumir que el poder debe ser
analizado desde un punto de vista relacional y no solo absoluto implica mucho
más que simplemente observar cómo el poder material se transforma en
influencia. Significa también que las transformaciones en el poder de un Estado
deben ser vistas desde su perspectiva y desde la de aquellos actores sobre los
cuales se ejerce ese poder. Los denominados «Estados débiles» no son simples
receptores de la coerción o la influencia de los poderosos, sino que también
tienen la habilidad de cambiar sus estrategias y reformular su reacción frente
a la influencia del Estado poderoso. Para ponerlo en otros términos, la
influencia de un Estado poderoso puede estar en declive cuando naciones más
débiles deciden optar por balancear su poder o por resistirlo en formas
variadas, en vez de simplemente alinearse y sujetarse de manera voluntaria a su
influencia. Así, la cuestión del poder de EEUU debe discutirse desde el punto
de vista comparativo y tomando como unidades de análisis, al menos, las
regiones. De nuevo, discutir el poder de la potencia en abstracto no conduce a
ningún tipo de conclusión sobre la naturaleza de sus relaciones con el resto
del mundo ni sobre la medida en que esas relaciones se han transformado en la
actual coyuntura.
Por ejemplo, y solo para usar el
caso latinoamericano: pensar que el giro hacia la izquierda político e
ideológico de varios países de la región y el consecuente uso de un discurso
más crítico o revisionista (con variaciones en grado e intensidad) sobre el
poder estadounidense en el área latinoamericana es un resultado del declive de
ese poder es darle demasiado crédito a Washington y muy poco a los países de la
región. Un análisis más completo no solo debería incorporar el declive
estadounidense como variable explicativa, sino que, necesariamente, debería
otorgarles más agencia a los gobiernos latinoamericanos y entender su
revisionismo como algo que va más allá de una reacción automática a lo que pasa
en el Norte. ¿Por qué no contemplar, por ejemplo, una hipótesis sobre las
transformaciones políticas, económicas y sociales internas de los países de la
región como un factor determinante del cambio de actitud hacia EEUU?
Otra falla monumental de los
análisis que enfatizan el poder absoluto y no el relacional consiste en asumir
que antes del supuesto declive estadounidense, por lo menos en el caso
latinoamericano, la región era un escenario de alineamiento irreflexivo con
Washington y que las tensiones y la resistencia eran prácticamente
inexistentes. Quienes sugieren que América Latina ya no es el «patio trasero»
de EEUU asumen equivocadamente que alguna vez lo fue, en masa, sin diferencias
ni tensiones. Se da por sentado, en otras palabras, que Washington siempre
logró sus propósitos en la región y que ahora ya no lo hace. Y la verdad es
que, y aquí la evidencia histórica abunda, ni siquiera en lo más álgido de la
Guerra Fría, cuando América Latina fue definida y entendida como la zona de
influencia por excelencia de la gran potencia, este fue el caso. De hecho, la
Organización de Estados Americanos (OEA) fue el escenario, en muchas ocasiones,
de enfrentamientos fuertes entre algunos países de la región y el interés
estadounidense; distó de ser, en varias de las discusiones sobre temas
cruciales para el hemisferio, el denominado «Ministerio de las Colonias», como
peyorativamente se la bautizó.
Por otro lado, un mayor nivel de
restricción en el ejercicio del poder en el escenario internacional no
necesariamente significa su disminución o declive. Lo que eventualmente puede
estar sucediendo es que estemos transitando hacia un mundo en el que las normas
y las instituciones internacionales son más importantes que antes, gracias, en
parte, al poder que les han delegado los países miembros y al poder que ellas
mismas han desarrollado como burocracias29. Las organizaciones internacionales
están hoy más que antes en condiciones de ponerle talanqueras al comportamiento
de los Estados, incluso al comportamiento de los poderosos. Esta nueva
situación no necesariamente atenta contra el poder de EEUU, en la medida en que
ha sido este mismo país el que lideró parcialmente el proceso de formación de
esta red normativa e institucional internacional30. Este fenómeno de
densificación de las redes normativas e institucionales internacionales puede
explicar la percepción que tienen algunos de que EEUU hoy tiene menos control o
menos capacidad de moldear el devenir internacional a su propio antojo. En
realidad, es posible que ningún Estado tenga ya esa facultad, y que lo que
estemos presenciando sea un escenario cercano a la posthegemonía.
De hecho, hay evidencia de que el
sistema internacional puede haber ascendido, al menos modestamente, en la curva
de aprendizaje que lo guía hacia el autogobierno: a pesar de las noticias que
recibimos todos los días, la guerra como ejercicio global se ha reducido en 60%
desde mediados de la década de 1980, y algunos analistas sugieren que el actual
es probablemente uno de los momentos más pacíficos en la existencia de nuestra
especie31. Luego, no hay que descartar la posibilidad de que estemos ante un
cambio sistémico fundamental, ante un escenario en el que la hegemonía sin
restricciones no sea ya una opción; pero es necesario revisar más evidencia
para conducir esta discusión.
Es preciso decir, sin embargo,
que la proliferación de instituciones y normas internacionales de la que hablo
es bien distinta de lo que Zakaria denomina «difusión de poder de los Estados a
otros actores». Para este analista, el efecto es totalmente contrario: «los
grupos e individuos han sido empoderados y la jerarquía, centralización y el
control están siendo amenazados». Luego sugiere que «en la medida en que el
número de jugadores –gubernamentales y no gubernamentales– crece y el poder y la
confianza de cada uno se incrementan, la posibilidad de acuerdos y acción común
se reduce»32. Mi argumento hace referencia a una delegación voluntaria de poder
por parte de los Estados a las organizaciones internacionales que obedece a un
cálculo claro de opciones: lograr sus objetivos como Estados a través de la
institucionalidad internacional a veces implica un costo menor que hacerlo
unilateralmente. En este proceso, y casi como efecto colateral, la gobernanza
global termina fortalecida y no debilitada, como sugiere Zakaria.
En síntesis, la discusión sobre
el declive (o no) del poder estadounidense es todavía apresurada y, por tanto,
no logra conclusiones decisivas sobre el papel de la potencia en el mundo en
que vivimos hoy. Pero una vez superado el momento de transición y asentadas las
fuerzas y tendencias internacionales, sí será preciso reflexionar sobre las
transformaciones no solo en materia de hegemonía, sino, más importante aún, en
las formas de ejercer poder a escala global. Un mundo cada vez más complejo
exige que el debate sobre su funcionamiento sea, igualmente, cada vez más
sofisticado.
1. Sandra Borda G.: doctora en
Ciencia Política por la Universidad de Minnesota. Codirige el Centro de
Estudios Estadounidenses (cee) y es profesora asociada del Departamento de
Ciencia Política de la Universidad de Los Andes (Bogotá).Palabras claves:
política exterior, economía, educación, política, cultura, declive, América
Latina, Estados Unidos.. Mark Mardell: «Will the Rise of the Rest Mean the Decline
of the us?» en bbc News, us & Canada, 28/4/2013,
www.bbc.co.uk/news/world-us-canada-22319136, fecha de consulta: 30/4/2013.
2. Para una reseña interesante
sobre los argumentos «declinistas» y «antideclinistas» durante el debate en la
década de los 80, v. Samuel Huntington: «The us-Decline or Renewal» en Foreign
Affairs vol. 67 No 2, invierno de 1988, pp. 76-96. Según Huntington, la de los
80 fue la quinta ola de declinismo desde la primera, iniciada en los 50, que
resultó del lanzamiento de misiles por parte de la urss y la puesta en órbita
del Sputnik.
3. Robert Kagan: «Not Fade Away»
en The New Republic, 11/1/2012,
www.newrepublic.com/article/politics/magazine/99521/america-world-power-declinism,
fecha de consulta: 27/5/2013.
4. Mark Urban: «Is the United
States an Empire in Decline?» en bbc News Online, us & Canada, 20/9/2012,
www.bbc.co.uk/news/world-us-canada-19667754, fecha de consulta: 7/5/2013.
5. Daniel Gross: «Myth of
Decline: us is Stronger and Faster than Anywhere Else» en The Daily Beast, 30/4/2012,
www.thedailybeast.com/newsweek/2012/04/29/myth-of-decline-u-s-is-stronger-and-faster-than-anywhere-else.html,
fecha de consulta: 30/4/2013.
6. Robert Samuelson: «Is America
in Decline?» en The Washington Post, 27/1/2013, http://articles.washingtonpost.com/2013-01-27/opinions/36583661_1_natural-gas-oil-and-gas-boom-strongest-economy,
fecha de consulta: 30/4/2013.
7. Simon Johnson: «Will 2013 Mark
the Beginning of American Decline?» en Bloomberg, 23/12/2013,
www.bloomberg.com/news/2012-12-23/will-2013-mark-the-beginning-of-american-decline-.html,
30/4/2013.
8. M. Mardell: ob. cit.
9. Staff de Der Spiegel: «Divided
States of America: Notes on the Decline of a Great Nation» en Spiegel Online,
11/5/2012, http://www.spiegel.de/international/world/divided-states-of-america-notes-on-the-decline-of-a-great-nation-a-865295.html,
fecha de consulta: 30/4/2013.
10. William C. Martel: «For
America, Decline is a Choice» en The Diplomat, 15/3/2013,
http://thediplomat.com/2013/03/15/for-america-decline-is-a-choice/, fecha de
consulta: 30/4/2013.
11. D. Gross: ob. cit.
12. R. Samuelson: ob. cit.
13. J. Bowyer: «An America in
Decline Literally Becomes the ‘New’ Great Britain» en Forbes, 27/3/2013,
www.forbes.com/sites/jerrybowyer/2013/03/27/an-america-in-decline-literally-becomes-the-new-great-britain/,
fecha de consulta: 30/4/2013.
14. Staff de Der Spiegel: ob.
cit.
15. Ibíd.
16. M. Mardell: ob. cit.
17. R. Samuelson: ob. cit.
18. Staff de Der Spiegel: ob.
cit.
19. Larry Elliot: «Decline and
Fall of the American Empire» en The Guardian, 6/6/2011,
www.guardian.co.uk/business/2011/jun/06/us-economy-decline-recovery-challenges,
fecha de consulta: 30/4/2013.
20. Fareed Zakaria: «Are
America’s Best Days Behind Us?» en Time, 3/3/2011,
<www.time.com/time/magazine/article/0,9171,2056723,00.html>, fecha de
consulta: 30/4/2013.
21. Pierre Guerlain: «American
Decline: The us Shoots Itself in the Foot» en Huffington Post, 30/4/2013,
www.huffingtonpost.com/pierre-guerlain/american-decline-denial_b_2481036.html,
fecha de consulta: 30/4/2013.
22. R. Kagan: ob. cit.
23. P. Guerlain: ob. cit.
24. El filibuster es un tipo de
procedimiento parlamentario que extiende el debate alrededor de un proyecto de
ley, permitiendo a uno o más congresistas demorar o evitar que se lleve a cabo
la votación correspondiente.
25. Staff de Der Spiegel: ob.
cit.
26. W. Martel: ob. cit.
27. A.J. Bacevich: The Limits of
Power: The End of American Exceptionalism, Metropolitan Books, Nueva York,
2009.
28. F. Zakaria: The Post-American
World, W.W. Norton & Company, Nueva York, 2012, pp. 8-9.
29. Sobre la forma en que las
organizaciones internacionales adquieren cierto nivel de autonomía frente a sus
Estados miembros, v. Michael Barnett y Martha Finnemore: Rules of the World:
International Organizations in Global Politics, Cornell University Press,
Ithaca, 2004.
30. Para una reflexión
interesante sobre este proceso, v. John Ikenberry: After Victory: Institutions,
Strategic Restraint, and the Rebuilding of Order After Major Wars, Princeton
University Press, Princeton, 2000.
31. F. Zakaria: The Post-American
World, cit., pp. 8-9.
32. Ibíd., pp. 5 y 34.
No hay comentarios:
Publicar un comentario