Teherán recibe el apoyo
de Rusia tras el incidente en el golfo de Omán
ÁNGELES ESPINOSA
Dubái 15 JUN 2019 - 09:18 CEST
EE UU e Irán han intercambiado este viernes acusaciones sobre
la responsabilidad de los ataques a dos petroleros en el golfo de Omán la
víspera. Teherán no solo rechazó las alegaciones de Washington, sino que
sugirió que son sus aliados Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos quienes están
detrás. La República Islámica recibió el apoyo de China y Rusia, que pidió no
sacar “conclusiones precipitadas”, en una clara alusión a las acusaciones
estadounidenses. El sabotaje a los buques no constituye un conflicto más de los
que salpican Oriente Próximo. Dado el creciente encono entre la Casa Blanca de
Trump y el régimen iraní, existe el peligro real de que se convierta en una
mecha que conecte todos los incendios de la región.
El presidente iraní, Hasan Rohaní, ha acusado a EE UU de
“representar una grave amenaza para la estabilidad en la región y en el mundo,
al violar todas las normas internacionales”. Rohaní, que ha intervenido este
viernes en una cumbre regional en Kishkek (Kirguistán), recibió el apoyo de sus
homólogos chino y ruso, que ven en la crisis una ocasión para avanzar sus
intereses en Oriente Próximo a la vez que se reafirman frente a Trump. Desde
Moscú, el Ministerio de Exteriores condenó el ataque a los barcos pero instó a
no sacar “conclusiones precipitadas”, una clara referencia a la atribución del
incidente a Teherán por parte de la Casa Blanca. Es “inaceptable” acusar a
alguien “hasta la conclusión de una investigación internacional”, subrayaba. En
Kishkek, Putin dijo que el responsable de la desestabilización de la región es
Washington por romper el pacto nuclear.
El mensaje ruso era el contrario del que salía de Washington.
“Lo ha hecho Irán”, sentenció el presidente de EE UU, Donald Trump, durante una
entrevista con Fox, su cadena de televisión favorita. Como prueba se refirió al
vídeo difundido horas antes por el Departamento de Defensa en el que, según los
militares, se ve a miembros de la Guardia Revolucionaria iraní retirando una
mina adherida al casco de uno de los buques afectados y que al parecer no llegó
a explotar.
Lo inusual de la rapidez con que se desclasificaron las
imágenes se ha interpretado como un intento de Washington por convencer a la
comunidad internacional de la responsabilidad de Teherán. Sólo han servido para
reforzar las convicciones de los convencidos. No ayuda que el propietario de
uno de los buques, el Kokuka Courageous, anunciara que su tripulación vio algo
“que volaba hacia el barco” antes de la primera explosión.
Además de negar cualquier relación con el incidente naval,
Irán se ha arrogado la seguridad del estrecho de Ormuz. “Estamos a cargo de
mantener la seguridad en el Estrecho y rescatamos a las tripulaciones de los
petroleros atacados en el menor tiempo posible (…) las acusaciones del
secretario de Estado Pompeo a Irán son alarmantes”, declaró el portavoz del
Ministerio de Exteriores iraní, Abbas Musavi, citado por la agencia estatal
IRNA.
Eso es justamente lo que preocupa a sus vecinos de la
península Arábiga, en especial a Arabia Saudí y Emiratos Árabes que perciben a
la República Islámica no sólo como un rival regional, sino como un Estado con
ambiciones imperiales. Desde su perspectiva, las tácticas empleadas son
familiares. No sólo porque el último incidente se produce apenas un mes después
de otro similar frente a la costa emiratí, sino porque desde la revolución de
1979 Irán tiene un largo historial de operaciones encubiertas y apoyo a grupos
armados en Oriente Próximo que les hace desconfiar.
Ese recelo, oportunamente sazonado con las diferencias
étnicas y confesionales (las monarquías árabes son suníes; la República
Islámica, mayoritariamente persa y chií), se agravó tras la primavera árabe.
Teherán mostró sus simpatías hacia los grupos islamistas, cuya adhesión aunque
sea formal a la democracia cuestiona a reyes y emires absolutistas. Por eso les
inquietó la posibilidad de su reintegración a la comunidad internacional con el
acuerdo nuclear que firmó con las grandes potencias en 2015. A los árabes, les
acomodaba el estatus de paria que arrastraba desde el asalto a la Embajada de
Estados Unidos tras la revolución.
La llegada de Trump a la Casa Blanca fue celebrada en Abu
Dabi y Riad, cuyos hombres fuertes, Mohamed Bin Zayed y Mohamed Bin Salmán,
respectivamente, han apostado por plantar cara a Teherán. Ambos celebraron la
salida de EE UU del acuerdo nuclear el año pasado y han alentado su mano dura
hacia Irán, tanto para frenar las ambiciones de éste como para consolidar su
propio liderazgo. De ahí también su creciente actividad para contrarrestar las
actividades iraníes en apoyo al Hamás palestino, el Hezbolá libanés, las
milicias iraquíes o el régimen sirio, e incluso la apertura de un nuevo frente
en Yemen, donde la influencia iraní era muy limitada.
Otros vecinos, incluso entre las propias monarquías árabes
como Omán, Kuwait o Qatar, han tomado distancias y apuestan por dialogar con
Irán. No está claro a quién beneficia la renovada tensión. Tanto Irán como
Arabia Saudí, EAU, Irak y Kuwait exportan la mayor parte de su crudo por el
estrecho de Ormuz; lo mismo hace Qatar con el gas natural licuado, del que es
el mayor exportador mundial.
La opacidad del sistema iraní también alienta las sospechas.
A pesar de las firmes negativas de Rohaní, el poder último está en manos del
líder supremo, Ali Jamenei, quien desconfía profundamente de Occidente. El
fiasco del acuerdo nuclear ha inflamado la lucha entre las elites gobernantes.
Los ataques pueden ser tanto una respuesta a la presión de Washington como obra
de quienes desean cerrar la vía del diálogo para siempre.
Con tantos focos de conflicto, el sabotaje a los petroleros
no constituye uno más. Existe el peligro real de que se conviertan en una mecha
que conecte todos los incendios de la zona. De hecho, portavoces saudíes y
emiratíes han vinculado los incidentes navales con los ataques con drones y
misiles que los rebeldes Huthi de Yemen están lanzado estos días contra
infraestructuras civiles de Arabia Saudí (y cuya respuesta por la aviación de
Riad ha quedado eclipsada por los último sucesos). Un grupo de expertos de la
ONU ha concluido recientemente que los Huthi reciben drones y misiles de
Teherán, pero que no siguen automáticamente sus órdenes.
Aunque algunos portavoces iraníes amenazan periódicamente con
cerrar Ormuz (por el que transita una quinta parte del petróleo que se consume
en el mundo), ni siquiera durante la guerra con Irak (1980-1988) llegó a
hacerlo. No obstante, tanto Arabia Saudí como Emiratos han invertido en
oleoductos que les permiten reducir el volumen de oro negro que cruza ese estrecho.
Algunos analistas vieron los ataques de mayo, en aguas territoriales emiratíes,
como un mensaje de que ni así estaban seguros. Pero el último incidente ha
ocurrido frente a la costa iraní. Además, a diferencia del pasado cuando un
sabotaje similar hubiera disparado el precio del petróleo, ahora la
preocupación por la caída en la demanda ha frenado la subida.
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