domingo, 8 de diciembre de 2019

Impacto sobre Asia y Medio Oriente



Por Lucia Martínez de Lahidalga
El control de los recursos naturales estratégicos por parte de las principales potencias del sistema internacional siempre ha sido una prioridad para las mismas. Si bien a lo largo de la historia muchos de los conflictos internacionales han sido justificados con los más variados motivos –militares, económicos, defensa, políticos, religiosos, etc. Lo cierto es que los verdaderos intereses geopolíticos sobre los recursos han estado, en su mayoría, encubiertos.


Años atrás, durante la Guerra Fría, las divisiones y alianzas internacionales se creaban por alineamientos ideológicos, hoy la competencia económica rige en muchos casos las relaciones internacionales. Es por esto que la competencia por el acceso a los recursos naturales y riquezas económicas se intensifica cada vez más, convirtiéndose en un aspecto estratégico. Esto resulta evidente en el caso del continente asiático y, más específicamente, en la región de Medio Oriente, donde las reservas de crudo y gas son los principales blancos.
La economía mundial y su desarrollo dependen de recursos estratégicos como son el petróleo y el gas natural. Tanto la región Asia Central como la de Medio Oriente poseen las mayores reservas de estos recursos (alrededor del 70%), siendo Arabia Saudita uno de los principales países exportadores de crudo del mundo y un actor clave en el balance de poder de la región. El interés geopolítico directo en controlar las riquezas de esta parte del planeta –las cuales albergan un alto poder económico– explica en gran parte los cambios en dinámicas de este sector del mundo. Es por ello que resulta trascendental poder comprender los nuevos movimientos que se suceden tanto en la nueva geopolítica de los recursos como en el mercado energético internacional y, al mismo tiempo, la forma en que países clave en estos aspectos –Arabia Saudita, China y Estados Unidos– hacen frente a los cambios en este terreno.

Nueva geopolítica: nuevos conceptos
En la última década mucho ha cambiado en la dinámica de conflictos en el mundo. Durante gran parte del siglo XX, los conflictos eran iniciados por motivos ideológicos –así como los alineamientos de países frente a estos–. No obstante, en los recientes años, uno de los principales motores generadores de conflictos y rivalidades a nivel internacional ha sido, sin duda, el factor económico. En este sentido, bien conocida es la influencia fundamental que poseen los recursos estratégicos –escasos y distribuidos de manera desigual a lo largo y ancho del globo– en el desarrollo económico mundial. Una nueva geopolítica de los recursos ha nacido, con características diferentes de las hasta ahora conocidas por todos.
Si bien se trata de un actor que no integra el continente asiático, no es menos relevante mencionar la irrupción en 2014 de los Estados Unidos como principal productor de crudo y gas shale, lo cual ha modificado la geografía de productores y exportadores de petróleo y gas a nivel global. Estados Unidos pasó de ser el principal importador de crudo del Medio Oriente, a autoabastecerse internamente de manera casi autónoma (en un 90% aproximadamente) con su explotación y producción local –2013 fue el primer año en que la producción propia norteamericana superó la importación de crudo–.

Esta modificación sustancial fue gracias a la técnica combinada de la fractura horizontal y el fracking, logrando tener acceso y extraer gas y crudo no convencional que permanece almacenado en rocas, en yacimientos donde la concentración de estos recursos no era suficientemente concentrada para llegar a ser rentable su extracción. La gran diferencia con los yacimientos de Medio Oriente radica en que estos pueden rendir décadas, distinto de aquellos explotados en Estados Unidos, que solamente son rentables entre cuatro y cinco años. Las empresas de fracking norteamericanas deben realizar perforaciones en la tierra de manera más asidua a fin de mantener la producción, lo cual no solo conlleva más altos costes por barril de petróleo sino que, al mismo tiempo, implica un mayor impacto ambiental.

El hecho de que Estados Unidos haya desplazado a países como Arabia Saudita o Rusia como principales productores, se debe a que –gracias a la fractura hidráulica– desde 2014 el país norteamericano logró incrementar su producción diaria en 1,6 millones de barriles. Esto tuvo una consecuencia directa en el mercado energético mundial, donde el precio del barril se rige por la ley de oferta y demanda, dando origen a una guerra comercial entre las principales potencias productoras. El precio del barril se vio recortado hasta un 50%, llegando a reducirse a los 50 dólares a principios de 2015.

Existe además otro factor más reciente que ha modificado el panorama de la geografía de los recursos: la irrupción de Irán en el mercado energético global, luego del levantamiento en enero de 2016 de las sanciones impuestas por Estados Unidos y Europa cuatro años antes, a fin de intentar disuadir al gobierno iraní de desarrollar y poseer armas nucleares. Estas sanciones consistieron en cerrar las importaciones de crudo iraní a dichos mercados. Cuando las sanciones fueron levantadas, como consecuencia de la entrada en vigor del acuerdo nuclear entre Irán y seis potencias, la oferta de crudo iraní se volcó nuevamente en el mercado (500.000 barriles por día), los precios del barril que ya venían sufriendo una fuerte caída se vieron afectados aún más, alcanzando los 30 dólares. Si bien Irán aún debe recuperar su capacidad de producción máxima (debido a la mala condición de sus instalaciones y la falta de inversiones), se estima que su capacidad actual se duplicará para fines de 2016.

Este panorama se complejiza aún más dado que Irán estaría dispuesto a vender su crudo más barato que los precios en el mercado internacional, agudizando la rivalidad con Arabia Saudita no solo en el plano geopolítico sino también en el religioso –el primero es el mayor país con población chiita de la región, mientras que la segunda es una de los principales representante de los sunitas–.

Por otra parte, no menos importante es mencionar la alteración que ha causado en el panorama geopolítico regional la expansión geográfica del Estado Islámico sobre Irak, Siria y otras áreas inestables de la región. El Estado Islámico no solo ha encendido divisiones y subdivisiones sectarias, también ha traído al escenario un nuevo desafío geopolítico para la región. Esto se debe a que el control que ejerce sobre los recursos de las zonas donde se encuentra asentado lo mantiene gracias a una gran variedad de medios que van desde los estrictamente militares hasta el uso de las representaciones culturales y religiosas. Es claro que una parte muy importante del sustento económico del Estado Islámico proviene de los pozos petroleros de los territorios sobre los que se ha expandido (cabe recordar que Irak se encuentra entre los primeros puestos de países productores de petróleo). Este crudo, barato y mal refinado, no solo se comercializa al interior del Estado Islámico, sino que también estaría siendo exportado a través de las porosas fronteras sirias con destino a Turquía.
Aquí no solo entra en juego Arabia Saudita, sino también los países del Golfo, como defensores, protectores y financiadores de los grupos insurgentes sunitas frente al gobierno alawita de Bashar Al-Asad en Siria (apoyado por Irán y Rusia). El reino saudí y sus pares del Golfo han canalizado de forma encubierta cientos de millones de dólares para apoyar al Estado Islámico en la cruzada sectaria, tanto económica como militarmente.

Arabia Saudita y China, actores centrales en geopolítica de los recursos desde la oferta y la demanda
Durante el desarrollo de los cambios que afectaron el panorama geopolítico mundial, emergió un actor clave en cuanto a la demanda de recursos: China. El gigante asiático pasó a ser el principal importador de crudo desplazando a Estados Unidos, producto de su exponencial crecimiento económico, con un promedio de 7,6% anual, y el incremento en su demanda energética. Durante la Guerra Fría, China fue capaz de autoabastecer sus necesidades energéticas. No obstante, a partir de 1993 el consumo chino comenzó a exceder su propia producción. Desde ese momento, el crecimiento del consumo y de la importación de crudo pasó a ser una preocupación para los dirigentes chinos, convirtiéndose en una cuestión de seguridad nacional para el país de Lejano Oriente.

China ha perseguido el objetivo de lograr seguridad energética de varias maneras: estableciendo una presencia significativa en muchas regiones productoras, desarrollando lazos políticos y militares con grandes productores extranjeros y diversificando tanto las fuentes de energía importadas como las rutas por las cuales estas llegan al país. Se calcula que el suministro proveniente de Medio Oriente representa aproximadamente el 60% de las importaciones energéticas chinas; es por ello que se ha detectado un grado de intervención china en los intereses petroleros de Medio Oriente.

Cabe destacar el acercamiento entre Arabia Saudita y China desde que el reino saudí se ha convertido en su principal proveedor, mientras que la alianza entre las principales empresas petroleras de ambos países (Saudi Aramco y Sinopec) se ha reforzado. Sin embargo, el gobierno chino es consciente de la inestabilidad que sufre la región de Medio Oriente, razón por la cual también busca reducir –en lo posible– su dependencia energética, haciendo que los países de Asia Central se conviertan paulatinamente en proveedores confiables de recursos energéticos.

Asimismo, desde el lado de la oferta energética y de recursos no se puede dejar de analizar el rol de otro actor clave: el reino de Arabia Saudita. Este gigante productor y exportador de petróleo, miembro fundamental de la OPEP, es sin lugar a dudas un país central a la hora de pensar las nuevas dinámicas en la geopolítica de los recursos.

Entre las principales razones por las cuales el papel de Arabia Saudita resulta ser sumamente relevante a la hora de analizar la nueva geopolítica de los recursos, podemos destacar algunos factores. Su riqueza petrolera: su capacidad de producción es la más alta a nivel mundial –10 millones de barriles al día aproximadamente–. El reino saudí posee unos de los primeros puestos en las exportaciones de crudo, en su subsuelo se encuentran 1/5 de las reservas mundiales comprobadas de petróleo y tiene posibilidades de aumentar la producción.

Por otro lado, es propietaria una de las empresas más grandes de crudo y gas a nivel mundial: Saudi Aramco. Se trata de una empresa estatal que cuenta con alrededor de 55.000 empleados y es propietaria de una de las mayores redes de hidrocarburos.

Otro motivo que alimenta el rol central del reino saudí tiene que ver con su fuerte posición en el interior de la OPEP, institución que ha posibilitado proyectarse más allá de su influencia sobre los países árabes de la región. A Arabia Saudita le fue asignado el título de Swing Producer, haciendo referencia a su capacidad de producción excedente de crudo para paliar las disrupciones en el abastecimiento y nivelar el mercado: balancear y mantener el precio.

El gran poder geopolítico de Arabia Saudita se apoya principalmente en su capacidad de influencia en el mercado de los hidrocarburos. Hasta hace poco tiempo, 2014-2015 aproximadamente, esta buscaba mantener altos los precios del barril (fruto de la fuerte demanda proveniente de China, principalmente, cuyo crecimiento económico presionaba los niveles de la oferta mundial de hidrocarburos de aquel momento), a los fines de maximizar las ganancias de las exportaciones petroleras y expandir la utilidad de las reservas. El gobierno saudita estaba dispuesto a combatir los precios por debajo de los 90 dólares mediante la reducción de su producción.

Precisamente, fueron estos altos niveles en los precios del crudo los que motivaron las inversiones para lograr la extracción de hidrocarburos en lugares de difícil acceso y con costes muy por encima de los promedios de los productores tradicionales. Este tipo de crudo, conocido como tight oil, ganaba cada vez más terreno en el mercado frente al crudo proveniente de la OPEP y, por consiguiente, al saudita.

No obstante, hacia fines de 2015 y principios de 2016, la caída de los precios de los hidrocarburos se profundizó llegando a los 30 dólares el barril, ocasionando una gran preocupación en los países productores de la OPEP. Arabia Saudita, si bien ha recalculado su perspectiva económica a largo plazo, no parece estar dispuesta a cooperar a fin de llegar a un acuerdo para recortar su oferta a pesar de los bajos precios.

La estrategia saudí parece clara: no reducir su cuota de producción (lo cual le es posible dado que los costos de producción de los países del Golfo siguen siendo más económicos que los precios del barril en el mercado) ni su posición en el mercado mundial, y con ello obligar a que el ajuste en los niveles de producción –a fin de recortar la oferta y lograr un repunte en los precios– deba ser llevado a cabo por aquellos países productores extra OPEP (como Estados Unidos) con altos costos de extracción (fracking).

Otro objetivo de la estrategia saudita se relaciona directamente con la rivalidad que mantiene con la República Islámica de Irán. Arabia Saudita intenta disminuir la rentabilidad de las nuevas exportaciones iraníes que comienzan a insertarse en el mercado y, al mismo tiempo, que los bajos precios obstaculicen la concreción de las inversiones necesarias para aggiornar su industria petrolera. Esta situación acrecienta la ya mencionada rivalidad Riad-Teherán que vuelve a estar en el centro del ojo de la tormenta.

No obstante, el gobierno saudí ha recalculado su posicionamiento económico a largo plazo. Es por ello que el pasado mes de abril lanzó el denominado plan “Visión Saudí para 2030” a los fines de lograr la diversificación de su economía y así apuntar a reducir su dependencia –en un 80%– de los hidrocarburos. Este plan contempla, entre sus principales medidas, la privatización del 5% de Saudi Aramco y el incremento del fondo soberano de inversión saudí.

Conclusión
El actual escenario geopolítico dista considerablemente del que conocíamos hasta hace pocos años atrás. A las nuevas dinámicas impuestas por actores como los que fueron mencionados –Estados Unidos, Estado Islámico, Irán, entre otros– se suman hoy nuevas preocupaciones. Estas tienen que ver con la tendencia a la ralentización del crecimiento económico de los llamados países emergentes, entre los cuales se encuentra China, y las tímidas pero cada vez más oídas demandas climáticas sobre el consumo de energías renovables a nivel mundial.

El panorama comercial global de precios, oferta y demanda de recursos energéticos se ha modificado en el último año y ha provocado que muchos actores centrales deban reacomodarse. Arabia Saudita es consciente tanto de su capacidad de influencia –fruto de su poder petrolero indiscutible– como de que el despliegue de su estrategia geopolítica tiene un amplio impacto sobre el resto de los actores. De hecho, no solo ha sabido capitalizar de manera pragmática estos cambios en la geopolítica de los recursos sino que, hasta el momento, se ha visto capacitada para proyectarse a largo plazo en un escenario aún más cambiante.

Nos encontramos frente a un panorama que refleja la caída de los precios de estos commodities durante un período más prolongado de lo que se estimaba, donde impactan nuevas tendencias tanto en la oferta como en la demanda del mercado energético, el factor del cambio climático, y el hecho de que los principales productores no estén dispuestos a ceder en su posición el mercado. Inclusive, la alta inestabilidad política de la región del Medio Oriente conlleva la necesidad de tener que repensar casi permanentemente cómo esta afecta la dinámica con la que se manejan los recursos estratégicos a nivel global. La nueva geopolítica de los recursos se refleja en estos factores fundamentales, los cuales no deben ignorarse o perderse de vista dada su alta volatilidad y tendencia al cambio.




GEOPOLITICA DE LA GLOBALIZACION


GEOPOLÍTICA DE LA GLOBALIZACIÓN: EL FIN DEL PARADIGMA ILUSTRADO Y EL HORIZONTE MULTIPOLAR (I)
31.10.2016
Parte I. El colapso del paradigma geopolítico de la modernidad.
A grandes rasgos, tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), surgió un orden mundial marcadamente bipolar en el que el poder de las antiguas potencias coloniales quedó repartido entre el bloque soviético, constituido por el Pacto de Varsovia y capitaneado por la Unión Soviética, y el bloque atlantista capitaneado por los EEUU y edificado alrededor del Tratado del Atlántico Norte, pero cuyas alianzas en la práctica superaban este marco ampliamente. El equilibrio entre ambas potencias herederas del colonialismo occidental puede describirse como la edad de oro del paradigma de la modernidad –basado en los ideales de progreso y desarrollo y en el mito de la excepcionalidad y la inevitabilidad del dominio occidental- que imponía su hegemonía sobre todo el orbe.
Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, todo parecía indicar que este dominio del hemisferio occidental sobre el mundo se consolidaría, imponiéndose los designios occidentales como el único camino posible, y cortando de raíz cualquier intento de independencia o disidencia. El horizonte que aparecía era el de un mundo unipolar comandado por los EEUU y su modelo de civilización que se impondría pacíficamente o por la fuerza al resto (Fukuyama 1992, Benoist 2015, Huntington 1997, Dugin 2013). Es en este contexto de optimismo ante una victoria que parecía tan inminente como definitiva en el que Fukuyama pronosticó su particular Fin de la Historia (The End of the History and The Last Man, 1992).
Pero la realidad ha sido bien distinta de aquellas expectativas: en tan solo diez años la hegemonía global y la legitimidad estadounidense comenzaron a deteriorase muy rápidamente, y por otra parte ninguna potencia parece emerger con la capacidad y la intención de llenar el vacío de poder generado en la última década.
En realidad, el colapso de este falso orden mundial unipolar estaba anunciado desde su mismo comienzo, pues como indica Bauman, una vez iniciado el proceso de disolución de la centralidad –económica, política, social y cultural- que conduce hacia la sociedad líquida y la globalización, ¿cómo detenerlo y/o revertirlo? Además, y esto es relevante para lo que diremos más adelante, esta pérdida de centralidad no es tan negativa como parece a simple vista para los intereses globalistas de la talasocracia mundial en vigor, por el contrario, la reafirma y favorece pues el contexto de ‘caos creativo’ al que nos encaminamos hace de lo local y puntual la prioridad, impidiendo planes a largo plazo y con ello la emergencia de un auténtico orden antagónico.
Paralelamente, las instituciones nacidas tras la IIGM resultan caducas en su estructura y funcionamiento, y no representan de manera efectiva el actual panorama geopolítico internacional, de modo que requieren de una profunda transformación si se quiere que sean representativas y efectivas en el mundo futuro. En palabras del politólogo estadounidense Ian Bremer:
“Las instituciones que nos gobernaban y que básicamente estaban controladas por EEUU y sus aliados, ya no funcionan”.

El futuro de la globalización: ¿multipolaridad o apolaridad?
Ante este panorama analistas y expertos geopolíticos prevén dos escenarios posibles que podrían desarrollarse en las próximas décadas:
·         Apolaridad
·         Multipolaridad.
El segundo escenario aparece como el más deseable, pero también como el más difícil de producirse en la práctica, como veremos más adelante. Comenzaremos nuestro análisis por la hipótesis de la apolaridad.
“Hoy no existe ni la unipolaridad, ni la bipolaridad, ni la multipolaridad. Hoy existe la ceropolaridad, lo que significa que ningún país, incluyendo a los EEUU, Unión Europea (UE) y la República Popular China (RPCh). puede ejercer la influencia definitiva sobre el transcurso de los acontecimientos. Ninguno”.
(G. Dzhemal en entrevista para Nakanune.ru 20-09-2013)
Algunos autores como el politólogo Ian Bremer o el analista y filósofo Geydar Dzhemal, sostienen que está teniendo lugar una despolarización acelerada causada ante todo por la falta de liderazgo de las potencias occidentales clásicas -USA y la UE-, y por la escasa intención de asumir tal responsabilidad por parte de las potencias emergentes, en particular China. Un proceso que muy posiblemente desembocará en pocas décadas en la apolaridad.
La apolaridad es descrita como un escenario mundial caótico, marcado por el vacío de poder y la crisis de legitimidad de las instituciones de gobernanza global (ONU, OMS, WTO, etc.), así como por la ausencia de un liderazgo claro de alcance internacional, sin potencias dispuestas o capaces de liderar el mundo. Dzhemal se refiere a esta situación como ceropolaridad, mientras el politólogo Bremer opta por denominarlo Grupo Cero(G-0).
Es importante advertir desde el comienzo que la apolaridad es el escenario más probable al que además tiende de modo natural el postcapitalismo y la postmodernidad, como analizaremos en detalle más adelante.
Los analistas coinciden en que este escenario será con toda probabilidad más complejo, inestable e impredecible que el de décadas pasadas. Parece existir consenso en que en un primer momento un panorama caracterizado por la apolaridad y la falta de capacidad de gobierno de las instituciones internacionales favorecerá un retorno a las políticas de alianzas bilaterales, lo que tendrá por resultado un escenario internacional más peligroso, incluso catastrófico si se combina con crisis transnacionales que requieran de respuestas internacionales y coordinadas: crisis climáticas o alimentarias, desastres naturales, etc. Algunos autores han llegado a describir este escenario futuro como de ‘guerra mundial troceada’ (Barrios, 2016).
En base a esto, algunos autores pronostican a partir de este aparente ‘caos’ un resurgimiento de los estados nación clásicos y un retorno parcial al orden ideal definido por el paradigma geopolítico de Westfalia. Sin embargo, un análisis profundo de las condiciones que han favorecido la aparición de la apolaridad nos indica que ésta se nutre básicamente del debilitamiento y la demolición controlada de los mismos estados-nación clásicos, que a través del proceso globalizador han sido paulatinamente reducidos a instituciones gestoras de población pero carentes de soberanía real, sobre todo en política exterior. Podemos citar varias razones que explican este proceso.
En primer lugar, la globalización, como hemos, dicho debilita al estado nación clásico, y lo hace simultáneamente por encima y por debajo del nivel estructural del mismo estado:
·         en un nivel superior o supra-estatal, con la creación de estructuras transnacionales –el ejemplo más evidente es la UE-.
·         en un nivel inferior, o intra-estatal, con estructuras del tipo lobbys, ONGs, fundaciones, movimientos sociales financiados y dirigidos por otras fuerzas económicas o mediáticas, etc. Todas estas sub-estructuras presionan, condicionan y dirigen la agenda política del estado, reduciendo su capacidad real de maniobra y decisión.
En segundo lugar, los estados nación desarrollados por las potencias europeas a partir del siglo XVII distan de ser un hecho natural o universal como a menudo se ha pretendido desde el discurso universalista tan propio de la perspectiva occidental. De hecho la conformación de estados centralizados y potentes -como Roma o China- es una excepción a lo largo de la historia. Por tanto, su existencia no obedece a una de esas proclamadas ‘conquistas del progreso humano’. Prueba de ello es la artificiosidad que supuso la ‘creación’ de estados al modo europeo a lo largo y ancho del mundo durante el proceso de descolonización que siguió a la IIGM y las problemáticas generadas por este mismo proceso.
Esta perspectiva universalista refleja los prejuicios etnocéntricos propios de occidente: desde la creencia en un progreso infinito y sin marcha atrás, como su mesianismo –el empeño por salvar de su primitivismo a los otros pueblos- o su milenarismo –considerarse a sí mismos y su historia como la cumbre y el estado definitivo a que debe encaminarse la humanidad-. Los estados nación han supuesto nada más que una fase de la historia y aunque en la historia de las sociedades y las culturas hay abundantes casos de atavismos y conductas arcaizantes, la marcha de las tendencias civilizatorias actuales convierte en obsoletas e ineficientes las formas de organización previas.
En tercer lugar, señalar que la globalización ha cambiado por completo la concepción del actor o ‘sujeto geopolítico’ así como los objetivos decisivos por los que se lucha o compite. Los criterios de autonomía del estado que otorgan peso específico a una nación en el orden internacional han variado radicalmente, no son ya el par territorio-población, sino el par energía-información. La información es hoy por hoy el bien central de una sociedad y quien controla su flujo controla la sociedad y su evolución. Por otra parte, sólo los países que puedan auto-abastecerse y dispongan de una soberanía energética, alimentaria y política serán los mejor situados en el nuevo escenario (Dzhemal).
Por tanto el paradigma geopolítico clásico –básicamente el realismo geopolítico-, ha sido dinamitado por el nuevo orden ceropolar y es muy improbable que pueda regresar en el futuro próximo.

La globalización y el fin de la era de los estados nación.
“La clase burguesa se desplaza hacia la integración en una entidad unificada que trasciende las fronteras nacionales y constituye el núcleo de la burguesía internacional. (…) El capitalismo era original y esencialmente transnacional lo que explica porqué la globalización y el debilitamiento de las fronteras de los estados no es algo único sino más bien la formación de una estructura espacial común del sistema capitalista a escala mundial.”
(Alexander Dugin, Una revisión de las teorías de las Relaciones Internacionales)
La conclusión de todo lo anterior es que el capítulo histórico marcado por la competencia entre sí de estados nación potentes debe ser visto como algo del pasado. Urge cambiar el paradigma geopolítico, pensar en otro términos, y para ello describir el nuevo escenario en base a nuevos conceptos y teorías es una condición imprescindible.
Ahora bien, tampoco hay lugar para un optimismo buenista. Lo que sostenemos en estas páginas es que, contrariamente a lo que se suele suponer, el escenario de la apolaridad no va contra los intereses del globalismo talasocrático -lo que ha dado en denominarse NOM (Nuevo Orden Mundial), o NWO (New World Order) por sus siglas en inglés- sino que, por el contrario, la apolaridad forma parte de su agenda, pues aunque esto suponga un aparente ‘caos’ global en el corto plazo, favorece la implantación de un orden mundial tiránico a medio-largo plazo.
La apolaridad es, desde este punto de vista, una fase histórica necesaria -del mismo modo que lo fueron los estados nación hasta ahora-, hacia la consecución e implantación de un ‘Nuevo Orden’ y, seguramente con él, de una forma de capitalismo nueva, más sutil pero también más despótica, y tecnológicamente centrada. Recordemos que el auge de los estados nación europeos cumplió un papel determinante en una fase histórica concreta de la expansión capitalista en vistas a posibilitar a este modelo económico una dimensión mundial.
De este modo la apolaridad y el caos son, desde el punto de vista globalista, un mal necesario que permitirá a medio plazo imponer su agenda exclusivista como único y mejor camino posible. Una operativa que ya hemos visto por ejemplo en la reciente crisis financiera global, empleada ante todo para avanzar en la agenda política hacia sus objetivos de clase. El proyecto globalista no se presentará ante la opinión pública como una imposición unilateral de las élites económicas mundiales, sino como una opción salvadora y paternalista por parte estas mismas élites. Hay que tener bien presente por tanto lo siguiente: este futuro será inevitable si no se trabaja explícitamente en otra dirección alternativa.

Neomarxismo y neoliberalismo: las dos caras de un mismo mundialismo.
“Cuando se busca un poco quién soporta, apadrina y patrocina a la extrema izquierda ‘antifascista’, anti-especista, LGBT, No Border, Black-Blocks, Occupy, los Indignados, etc., encontramos organizaciones que se encuentran en la cúspide del capitalismo: la Open Society de George Soros, las fundaciones Rockefeller y Rothschild, la Comisión Europea, diversas ONGs y empresas multinacionales, e incluso algunos ministerios del Interior, es decir, la policía. Sabíamos ya que los liberales y los libertarios convergían intelectualmente en la abolición de las fronteras, las naciones y las identidades, y más ampliamente en la deconstrucción de cualquier tipo de límite.
(…) Se trata, de hecho, de una izquierda libertaria que predica la apertura sin límites, totalmente inofensiva, ya que fue creada por la derecha liberal en los años de la caza de brujas anticomunista para competir y debilitar a la izquierda no libertaria, comunista y cerrada, por tanto estructurada, y verdaderamente peligrosa para el sistema americanista y capitalista.”
(L. Cerise, entrevista de Monika Berchvok para Rivarol, 2016)
Como indica Lucien Cerise en la cita con que abrimos, pese a las apariencias, neomarxistas y neoliberales tienen mucho en común y comparten los mismos principios y los objetivos esenciales de sus respectivas agendas.
Neoliberales y neomarxistas1 tienen en común ante todo su visión del hombre y de la historia, sesgadas por un infantil optimismo antropológico y por una fe ciega en el progreso y las ‘fuerzas de la evolución’. Esto no es una coincidencia, sino que es herencia de la filosofía -o superstición- ilustrada que es su origen común y que ambas pseudo-ideologías comparten.
Por supuesto, en tanto expresiones consumadas de la modernidad, ambas corrientes son coincidentes también en la lucha contra toda forma tradicional. En realidad, son enemigas de toda muestra o evidencia de una realidad o cultura anterior a ellas mismas, pues en esto ha consistido y consiste básicamente el proyecto moderno: un lavado histórico sistemático. También comparten una misma tendencia proselitista en vistas a imponer su hegemonía cultural unilateralmente, eliminando toda disidencia, es decir, un odio acérrimo por toda la pluralidad y diversidad cultural, étnica, artística o política de la humanidad, a pesar de su discurso aparentemente permisivo, conciliador y multicultural.
Los neomarxistas por su parte se esfuerzan por convencernos de que la desaparición de pueblos y culturas, el etnocidio, así como el ecocidio, son males imputables únicamente al capitalismo, sin reparar en que el capitalismo no es un sino inevitable ni un ente externo llegado del más allá, sino que es un hecho cultural que conlleva una mentalidad propia, la mentalidad moderna, que lo hace posible y está en el origen profundo de aquel.
Pero además, este discurso buenista choca frontalmente con los hechos observables, pues a pesar de su teórica oposición total al capitalismo, el neomarxismo no solo ha renunciado a ofrecer una alternativa plausible al mismo, sino que ha perdido toda iniciativa y sigue fielmente la agenda mundialista de los neoliberales.
A un papel fundamental no ha renunciado: el de re-educar y dirigir la vida de las personas –las clases bajas y medias, claro está, no la de las élites- a través de los mass-media, indicándoles cómo se ha de vestir, comer, amar y en general vivir, en base a su eterna cantinela de que ‘lo personal es político’.
Pero estas campañas de re-educación, que no socaban en absoluto ni los principios en que se asienta el capitalismo ni las consecuencias perversas de este, y que generalmente complican la vida de la gente, tienen otros fines más oscuros. La finalidad de estas campañas va más allá de adoctrinar a las clases medias, los viejos proletarios de antaño, y creemos que su objetivo último es quebrar psíquicamente cualquier resistencia de los dominados. Así parece cuando atendemos al modo en que estas campañas son dirigidas sin excepción contra algo, y siempre tienen como consecuencia fracturar o atomizar un poco más el cuerpo social. Modas por completo artificiales como el veganismo, o las diferentes campañas lanzadas desde el feminismo radical como el mal llamado ‘ludismo sexual’, y otras; todo ello reduce la idea de revolución de antaño a un asunto de visibilidad social y derechos de minorías. Es difícil creer que esto pueda ser casual.
Pero además cabe considerar que todas estas corrientes underground de pensamiento, música, arte, etc., catapultadas a cultura hegemónica de la postmodernidad, correlacionan estrechamente con personalidades débiles2. ¿Realmente hay que pensar que se sitúan en la senda de la revolución y contribuyen al fin del capitalismo? Hay ciertamente opiniones –y cada vez más- que indican más bien lo contrario, se trata de debilitar físicamente y quebrar psíquicamente al sujeto postmoderno, convirtiéndole en un enfermo crónico, un dependiente absoluto, tanto físico como mental, sin raíz ni horizonte vital más allá del hedonismo. Un no-hombre, un neo-siervo, un ser acomplejado, incapaz de luchar por lo suyo, repleto de desprecio y auto-odio hacia sí mismo y de rencor hacia lo que le rodea, soportando unos gustos completamente mediatizados y dirigidos por la ‘industria cultural’, y viendo con sospecha incluso sus propias inclinaciones naturales, alimenticias o sexuales.
Si el discurso marxista clásico asombraba ya por su tremendo reduccionismo, que rozaba lo infantil, el actual discurso neo-marxista va un paso más allá, mostrando tintes realmente obsesivos y enfermizos en su análisis de la realidad, propios de un psiquismo enfermo y desquiciado. Esto es particularmente evidente en el discurso del feminismo postmoderno, que es donde mejor se observa la tendencia moralista, adoctrinadora y totalitaria, que no admite disidencia, de la modernidad, visible sobre todo en la neo-lengua y la dictadura de lo políticamente correcto, y que tanto nos recuerda al viejo puritanismo victoriano:
“Un neo-puritanismo lingüístico que corresponde a un moralismo radical.” (Dominique Lecourt, entrevista para Le Figaro, 2016)
En definitiva, la pregunta es: ¿el neo-marxismo contribuye al fin del capitalismo, o más bien lo perpetúa y perfecciona por medio de la demolición a la vez de la comunidad social y del individuo seguro y capaz?

"Sociedad abierta" y mundo ceropolar.
“El mundo no-polar estará basado en la cooperación entre los países democráticos (por defecto), pero poco a poco el proceso de formación debería incluir a actores no estatales –ONGs, movimientos sociales, grupos de ciudadanos independientes, comunidades en red, etc.-”
A. Dugin, Una revisión de las teorías básicas en las RRII)
Volviendo a los puntos en común entre neoliberalismo y neomarxismo señalemos que el pilar fundamental en que se sostiene todo el mundialismo –de izquierdas o derechas, liberal o marxista- es la noción, falsa, de que la civilización humana es una sola y común a todos los hombres, es decir un universalismo que para poder imponerse en las mentes requiere de los mitos del evolucionismo pseudo-científico y del agresivo proselitismo propio de la modernidad occidental.
Sobre esta idea básica, una creencia parcial, etnocéntrica e interesada, se construye todo el discurso occidental, tanto el de la modernidad como el de la postmodernidad, a través de ideas-fetiche como ‘democratizar’, ‘liberar’, ‘ayudar al desarrollo’, o la omnipresente ‘desigualdad’, etc. Estas son las nociones básicas en que se sostiene toda la construcción imperialista occidental sobre los otros pueblos, sea para someter al estilo clásico como fue en la era de la modernidad, sea para “liberar” -lo que no es sino otro modo de sometimiento, más psicológico y quizá peor que el primero-, como es el caso en la postmodernidad actual. Todos estos argumentos se han impuesto en el imaginario occidental hasta ser percibidos por la juventud sobre-socializada como algo natural. Detrás de tales ideas, como ya dijimos, se esconde un innegable sentimiento de superioridad y un poco disimulado mesianismo.
Esta común genealogía pone en evidencia el común origen ilustrado entre el imperialismo duro de antaño basado en la fuerza militar y el imperialismo blando de hoy basado en comercio y turismo, de apariencia buenista y solidaria pero igual de destructivo y disolvente que aquel. Esto lleva a pensar, como ya han apuntado otros autores, que más que una postmodernidad asistimos a una híper-modernidad.
Llegados aquí, no es aventurado sospechar que, dados los bandazos, metamorfosis intelectuales y cambios de objetivos estratégicos que ha asumido la izquierda en las últimas décadas, su agenda haya sido diseñada y planeada precisamente desde los propios think-tank neoliberales. De ser así las izquierdas alter-globalistas -que básicamente se construyen alrededor del conocido aserto: ‘Otra globalización es posible’- serían una especie de monigote o espantapájaros agitado y dirigido desde los poderes mundialistas más agresivos para ir modelando la opinión, creencias y sobre todo conformidades de los sometidos.
Se da la paradoja además de que quienes apoyan este discurso exageradamente buenista, melifluo y sentimental, obviando cada vez más los argumentos racionales, son las clases sociales que se están viendo (y se van a ver en el futuro) más perjudicadas por el proceso mundialista, lo cual demuestra como ya indicamos antes que el neomarxismo es la ideología mundialista pensada, diseñada y dirigida a los sometidos, es decir las víctimas del proceso globalizador.

La apolaridad como fase necesaria hacia la constitución del proyecto mundialista.
“La globalización ha puesto en marcha un proceso de cambio de gran alcance que afecta a todos. Las nuevas tecnologías, asentadas en políticas de mayor apertura, han creado un mundo más interrelacionado que nunca. Ello no sólo entraña una mayor interdependencia en las relaciones económicas —el comercio, la inversión, las finanzas y la organización de la producción a escala global—, sino también una interacción social y política entre organizaciones y personas de todo el mundo.
Los beneficios que pueden obtenerse son inmensos. La creciente posibilidad de interconexión entre las personas de todo el mundo está favoreciendo la constatación de que todos pertenecemos a una misma comunidad global. Este naciente sentido de interdependencia, de compromiso con valores universales compartidos y de solidaridad entre los habitantes de todo el planeta puede aprovecharse para cimentar una gobernanza global abierta y democrática que beneficie a todos. La economía de mercado global ha puesto de manifiesto una gran capacidad productiva. Gestionada con acierto, puede dar lugar a progresos sustanciales y sin precedentes, crear puestos de trabajo más productivos y mejores para todos, y contribuir de manera importante a la lucha contra la pobreza en el mundo.
Sin embargo, también somos conscientes de lo mucho que nos queda por hacer para que esta posibilidad se convierta en realidad.”
Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización, Por una globalización justa: crear oportunidades para todos, 2004.
El anterior extracto de la Comisión Mundial sobre la Globalización condensa en pocos párrafos todas las falsas promesas y tópicos con que se implanta el mundialismo. Aunque el texto se explica por sí mismo queremos reseñar dos aspectos.
En primer lugar, los ‘beneficios’ de la globalización se nos presentan como promesas ilusionantes, al estilo en que se presentaban todas las deplorables ideologías de la modernidad, en particular el marxismo con sus promesas de un hombre nuevo para un tiempo nuevo. La gobernanza global se presenta ahora con el mismo disfraz utópico con que se presentaba la revolución antaño: es la estación final del proceso civilizatorio, la cima de la evolución histórica. Para cualquiera mínimamente acostumbrado a la retórica del marketing está muy claro: se nos intenta convencer, vender un producto, para lo cual es necesario envolverlo y presentarlo del modo más atractivo posible: seducir.
En segundo lugar, y esto nos parece aún más decisivo, todo lo expuesto lo es mediante juicios de valor sesgados -recurriendo una vez más al sentimentalismo más rastrero frente a los posibles argumentos racionales y objetivos-. Semejante retórica es compartida sin objeción tanto por neoliberales como por neomarxistas, los dos supuestos adversarios ideológicos.
En definitiva estamos ante una apariencia de disidencia que no es tal. La realidad es que los unos y los otros son las dos caras de la misma moneda hegemónica, globalista y neocolonial.
Neoliberales y neomarxistas son como los dos rostros del dios Jano: un rostro mira desde la posición del poder, el otro desde la posición de los sometidos. Pero ambos rostros pertenecen a un mismo cuerpo y tienen un objetivo común.
A modo de conclusión.
“El mundo no polar sugiere que el modelo de melting pot [de crisol] estadounidense se extenderá al mundo entero. Como resultado, esto borrará todas las diferencias entre pueblos y culturas, y una humanidad individualizada, atomizada, será transformada en una “sociedad civil” cosmopolita sin fronteras. La multipolaridad implica que los centros de toma de decisiones deben estar lo suficientemente elevados (pero no exclusivamente en manos de una sola entidad, como lo están hoy en las condiciones del mundo unipolar) y que las especialidades culturales de cada civilización particular deben preservarse y fortalecerse (pero no disolverse en una sola multiplicidad cosmopolita).”
A. Dugin, Una revisión de las teorías básicas en las RRII.
Recapitulemos. Hemos visto en primer lugar la fuerte tendencia hacia la apolaridad: ningún país posee capacidad de arbitrar el escenario mundial. Es esencial advertir que no existe posibilidad de retornar a una unipolaridad estricta y explícita. Por tanto, cabe esperar un proceso de caotización a nivel internacional. Esto facilitará la emergencia de potencias regionales que muy probablemente serán combatidas en nombre de la paz y la libertad por las privilegiadas potencias neocoloniales de siempre. Algunos analistas creen que esto puede conducir a un resurgir de los estados-nación con las reivindicaciones nacionalistas propias de tiempos pasados. La realidad es que este escenario es altamente improbable: los estados-nación están en franco retroceso y sufren una pérdida de competencias y capacidades constante.
Por tanto, el previsible ‘caos controlado’ de la apolaridad será un acicate más, quizá el definitivo, hacia la gobernanza global. En este escenario el caos puede alargarse tanto como sea necesario hasta que las resistencias al mundialismo sean definitivamente abolidas3.
En segundo lugar hemos analizado cómo neoliberalismo y neomarxismo son dos caras de la misma moneda, una dirigida a las élites gobernantes ofreciéndoles el clásico discurso mesiánico e imperialista, y la otra dirigida a la mayoría sometida, ofreciéndoles un discurso de falsas promesas y vanas ilusiones pero a la vez tendente a dividir –atomizar- a este grupo social, enfrentándolo entre sí y sometiéndolo de un modo cada vez más psicológico e interior.
La conclusión es que solo un escenario multipolar puede detener el proceso mundialista, a la vez que proporcionar el equilibrio que la apolaridad regida por el principio de la supervivencia del más fuerte va a impedir. La multipolaridad es por tanto la única posición racional, constructiva y alternativa al orden actual. Pero ¿cuáles son las condiciones que posibilitarían un escenario multipolar real y efectivo en la práctica? A ello dedicaremos la segunda parte.
Notas:
1 La distinción entre marxismo clásico y neomarxismo no es en absoluto retórica sino de forma y contenido. Por explicarlo en términos que ya hemos empleado en este ensayo, el marxismo clásico pertenece a la modernidad sólida y, acorde con tal contexto, hace uso de una teoría racionalista así como de categorías cerradas y fijas. Esta visión moderna y sólida se refleja a sí mismo en su visión geopolítica del mundo. El neomarxismo, por su parte, viene a coincidir con lo que se ha denominado en ocasiones ‘izquierda indiferenciada’ (Bueno) o ‘izquierda foucaultiana’. Se trata de un perfecto exponente de la modernidad líquida: fragmentación del discurso, carencia de proyecto y teoría coherentes, inexistencia de categorías claras y distintas, etc. Podría decirse que, como todas las expresiones de la modernidad líquida, es cajón de sastre conceptual, fragmentario y post-paradigmático. También en su visión individualista de la sociedad muestra una clara incompatibilidad con el marxismo clásico.
En este sentido es significativo -y es prueba irrefutable de la distancia insalvable entre ambas escuelas, a pesar de las apariencias-, que las sociedades de los países de la órbita soviética hayan resistido mejor que otras la ofensiva disolvente de la modernidad líquida, el neoliberalismo y lo políticamente correcto.

2 Unabomber en su Manifiesto puso el foco acertadamente en la caracterización psicológica del progresismo y los defensores del activismo de todo tipo. Habría sido una interesante línea de investigación, como aquellas que emprendieron Adorno y la Escuela de Berkeley, a fin de criminalizar y señalar socialmente ciertos posicionamientos ideológico-políticos, pero aquí nos encontramos ante una línea de investigación que esa pseudo-ciencia usurpadora que es la Psicología moderna, al servicio del poder capitalista, no va a explorar jamás.

3 El vértice de unión entre los tres rasgos que describimos como las diferentes caras de un proyecto único y común: 1) caos apolar –desestabilización de ciertos países estratégicos-, 2) defensa de la necesidad de un gobierno mundial y 3) progresismo social radical –asunción de la agenda neomarxista hasta sus últimas consecuencias-, se encarna de manera particularmente evidente en la actual candidata demócrata a la presidencia de los EEUU, quien como ella misma ha mostrado en tantas ocasiones, es una defensora acérrima de la dictadura de lo políticamente correcto y la neo-lengua, y lo hace exhibiendo un carácter moralizante y en extremo puritano. A fecha de hoy representa la quintaesencia de la agenda globalista.